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Enseñar, deleitar y mover. El arte de la predicación

Cuando hablamos de predicadores, es fácil que vengan a nuestra cabeza las famosas figuras del mundo anglosajón y protestante en general que estamos acostumbrados a ver en las películas norteamericanas. En ocasiones incluso podemos imaginarnos a singulares personajes que se sirven de su voz y de un micrófono para transmitir sus mensajes, todo ello imbuido de una teatralidad rimbombante y una gesticulación exagerada. Pero los predicadores de los que hablaremos en este artículo no tienen tanto que ver con estos llamativos oradores.

CONSTRUYENDO EL ORADOR IDEAL

Según la doctrina medieval, la prédica debía buscar tres fines concretos: Enseñar, para exponer una serie de ideas al auditorio; deleitar, para sorprender y cautivar al oyente; y mover, para crear sensaciones entre los asistentes y moverles así a actuar según los dictados de la fe. Para cumplir con estas exigencias se esperaba que los predicadores dominaran la oratoria y que fueran especialmente elocuentes y convincentes a la hora de dirigirse a su público. Así pues, un buen predicador debía buscar la atención de su auditorio, cautivar a sus oyentes y dominar la lengua como nadie para poder transmitir su mensaje y así convencer e impresionar a su público.

En una sociedad en la que la mayoría de la población no sabía leer ni escribir —a duras penas se conseguía que muchas personas firmaran los documentos— la importancia de la palabra era capital para transmitir mensajes, y uno de los mensajes más importantes era el religioso. Los predicadores se encargaban de este modo de hacer accesible para el grueso de la población conceptos como el pecado, la salvación o el mensaje de Cristo, que no dejaban de ser complejos. El predicador era, ante todo, un transmisor de mensajes y un intérprete de las escrituras.

Llegar al público no era fácil. Había que seducir a los feligreses, ya fuera desde el púlpito de una iglesia o en el centro de una plaza. Cualquier lugar y momento eran buenos para dirigirse a las masas. Aunque algunos oradores tuvieron un talento casi innato para realizar brillantes alocuciones, lo cierto es que durante los siglos modernos proliferaron las guías para predicadores en las que se daban orientaciones y consejos a todos aquellos que quisieren dedicarse al arte de la oratoria sagrada.

Los teóricos de la predicación coincidían en que los oradores debían poseer varias cualidades, como por ejemplo una buena voz, seguridad en lo que se decía o facilidad para transmitir ideas y para gesticular adecuadamente. Junto con estas destrezas, que en parte se podían aprender, se destacaba siempre la importancia del estudio no solo de las escrituras, sino de las lenguas y de toda clase de libros, teológicos y de otros tipos, que pudieran contribuir al enriquecimiento del espíritu. Además de todo ello, existían una serie de virtudes morales que todo predicador debía atesorar, como la integridad, la pureza y las buenas intenciones. Se trataba pues de un corolario de aptitudes imprescindibles. Por supuesto, contar con estos atributos llevaba años y mucha práctica, pero se consideraba natural que el dominio de un arte tan complejo como la oratoria, cultivada desde Cicerón y antes, conllevaba sacrificios y esfuerzo a lo largo del tiempo.

Grabado del predicador franciscano Fray Diego José de Cádiz (1743-1801), famoso por sus encendidas intervenciones y su reaccionario discurso. Fuente

EL FORMATO: LOS SERMONES

Una de las formas más comunes que tomó la predicación en los siglos modernos fue el sermón. Se trataba de discursos, de alocuciones en las que los oradores hablaban sobre un tema en concreto. Los mensajes eran de contenido religioso y estaban basados en enseñanzas de la Biblia, de los padres de la Iglesia o de otras personas consideradas autoridades en la materia en cuestión.

Por fortuna para nosotros muchos de estos sermones se han conservado en formato escrito, ya sea individualmente o bien en sermonarios que recopilaban varios de estos textos. Ya que estos escritos se publicaban con posterioridad a las prédicas orales, las palabras se podían cambiar y se podía añadir o eliminar contenido respecto a la prédica original. Contamos con cientos de ejemplares de estos documentos —bellamente editados en ocasiones— que nos acercan a los mensajes de estos predicadores.

La decisión de publicar los sermones nos habla de que ya en los siglos modernos los propios predicadores eran conscientes de la importancia de fijar sus mensajes por escrito no solo para el disfrute de las generaciones venideras, sino para los propios contemporáneos que pudieran acceder a su contenido. El historiador Félix Herrero se hace eco de ello aludiendo a las palabras de Fray Alonso de Silva (1648-1715), en sus Tardes de Cuaresma:

«Ningún predicador sube al púlpito con el deseo de que a los oyentes les entre por un oído la doctrina y se les salga por el otro, sino para que revolviéndola una y muchas veces en la consideración, les aproveche. Y sin duda serían los sermones de mayor efecto, si como los dice el predicador quedasen estampados en la memoria de los que los oyen».

Herrero Salgado, F. (1996) La oratoria sagrada en los siglos XVI y XVII. Madrid: Fundación Universitaria Española.

Sermón fúnebre de Vicente Gómez, publicado en 1740. En muchas ocasiones, la muerte de una persona destacada en la comunidad era una ocasión ideal para predicar. Fuente

CONCLUSIONES

La importancia de la palabra escrita es en nuestras sociedades un hecho, pero en el pasado no fue siempre así. Cuando se trataba de trasmitir un mensaje, la seducción del auditorio y la elección de las palabras adecuadas eran aspectos esenciales para conseguir la atención de la feligresía. Las publicaciones que han llegado a nuestros días nos acercan a esta realidad y sobre todo revelan la importancia de la palabra hablada en una sociedad en la que el medio audiovisual —a través de la escucha de los mensajes orales y la contemplación visual del arte— tuvo una importancia mucho mayor de la que creemos.

Bibliografía

Herrero Salgado, F. (1996). La oratoria sagrada en los siglos XVI y XVII. Madrid: Fundación Universitaria Española.

Herrero Salgado, F. (2012). La oratoria sagrada en el siglo XVIII. Estudio temático y retórico a través de los textos de los sermones. Madrid: Fundación Universitaria Española.

Núñez Beltrán, M.A. (2000). La oratoria sagrada en la época del Barroco. Doctrina, cultura y actitud ante la vida desde los sermones sevillanos del siglo XVII. Sevilla: Universidad de Sevilla y FOCUS.

Rafael Duro Garrido

3 comentarios en “Enseñar, deleitar y mover. El arte de la predicación”

  1. MARÍA DOLORES RODAS

    Sin el arte de la predicación, el cristianismo no hubiera tenido la expansión que desarrolló desde sus inicios. Un tema muy necesario para entender su crecimiento. Gran artículo.

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