En Baños de la Encina pervive un amplio conjunto de calvarios grabados en piedra, presentes tanto en edificios religiosos y civiles como en espacios ligados al agua: fuentes, abrevaderos, pozos y norias. Aunque algunos pasan desapercibidos por su sencillez, estos símbolos encierran una fuerte carga protectora y ritual.
La relación entre las cruces, las herraduras y otros signos apotropaicos con los lugares de agua revela la continuidad de creencias muy antiguas, en ocasiones de origen prerromano, integradas con el tiempo en la religiosidad popular. A través de varios ejemplos conservados en el municipio, este trabajo analiza la función simbólica y protectora de estos calvarios y su posible conexión con tradiciones ancestrales.
Calvarios vinculados a fuentes, manantiales y pozos
Presentes en fábricas con diferente función y origen geológico, ofreciendo trazas diversas y mostrando formas variopintas, en Baños de la Encina identificamos una serie de calvarios relacionados con ámbitos muy diferentes: tumular, apotropaico, identitario, entre otros hasta casi alcanzar las sesenta muestras. Relacionados tanto con edificios civiles como de devoción popular (Cantero Quesada, 2025), también están aquellos en los que el agua tiene especial relevancia, ya sea en fuentes, pozos o norias.
Adscrito a la primera tipología, contamos con el pilar abrevadero del callejón del Pilar, junto a la cabecera de la parroquia de San Mateo. Allí,encontramos un calvario muy elaborado adornado con formas redondeadas y una peana muy particular. Junto a la cruz, a menos de un metro de distancia, aparece una herradura, símbolo protector de origen inmemorial y pagano que representa la buena fortuna. Como se puede apreciar, su contenido alegórico ha pervivido a lo largo del tiempo, tanto en el ámbito religioso como entre los miembros del gremio de los canteros. Por otra parte, la herradura, como marca lapidaria, aparece también cincelada y en buen número en la lonja principal de san Mateo, por delante de la puerta del Perdón. Aunque la herradura como pieza ecuestre no aparece en Europa hasta los siglos IV-V d. C., asociada a pueblos celtas y galos, el motivo de la herradura ya existía con anterioridad como símbolo grabado o marca lapidaria de carácter protector. Así se puede comprobar a tiro de piedra del núcleo urbano de Baños de la Encina, en la dehesa de Burguillos (Bailén). En este enclave adehesado, cerca de la antigua casa de pastores, aparecen varios ejemplares de herradura cincelados sobre una roca de arenisca roja o piedra letrera. Junto a ella, pueden apreciarse otras marcas lapidarias, como una divinidad con carácter sexual, que cuenta con atributos sexuales tanto masculinos como femeninos, y otros elementos epigráficos que cronológicamente podrían datarse en la Edad del Cobre tardío o principios del Bronce (López Martínez et al., 2020). Siendo una marca pagana con carácter apotropaico, su presencia, de forma dominante, está relacionada con el agua de fuentes y manantiales.

¿Cómo es posible que un símbolo pagano y origen prerromano pudiera integrarse con todas sus acepciones en el corpus simbólico cristiano? Quizás fue de una manera sencilla y bajo el manto de leyendas y mitos. Se reinterpretó como la huella que el caballo del apóstol Santiago – aunque también de otros santos y héroes – habría dejado junto a fuentes naturales y en diferentes situaciones bélicas, siempre en el marco de la «Reconquista» y apoyando a las huestes cristianas en batalla. Según la oralidad legendaria, la huella era fruto de la cabalgadura de Santiago al abatirse contra el enemigo espada en mano; aunque en otras coyunturas, más elaboradas, la ayuda del santo llega para auxiliar a un ejército cristiano acosado por la sed y abocado a la derrota. En esa situación, el caballo del apóstol dejaba su huella y, de la impronta, comenzaría a manar un agua que cambiaría el rumbo de la batalla. Son numerosas las ocasiones en que ciertas aguas bajo el auspicio del santo, termales y con propiedades terapéuticas, favoreciendo la salud de la población (Pedrosa Bartolomé, 2000).
Por su parte, agrupados en un segundo epígrafe, el de las norias, hemos identificado dos calvarios. Esto no quiere decir que no hubiera más, pues gran parte de los andenes de las más de treinta norias bañuscas han sido derruidos por el tiempo y los nuevos usos. El primero está cincelado sobre la cara exterior de un marrano (una piedra que servía de dintel), en el interior del pozo de la noria de Penecho, huerta situada en la margen izquierda de la carretera de Linares. La calidad de su talla nada tiene que envidiar a los magníficos calvarios presentes en los dinteles de las casonas de mayor lustre de la villa, casi todas edificadas al amparo de las desamortizaciones de Carlos IV y la Guerra con los franceses.

El segundo, enormemente sencillo, aparece inciso en un enorme bolo de río y participa del bordillo que da forma al andén de la huerta de Los Gatos o de Maquilera, en el paraje de la Colmenera, junto al camino de Bailén y la acequia de Los Huertos. En cierta manera, podría asemejarse a una cruz tau, pero su singular peana semicircular, atravesada por el madero vertical, recuerda al basamento de los calvarios grabados en el pilar abrevadero de san Mateo y la puerta del Sol, también en san Mateo. La cruz está acompañada por dos cruces laterales diminutas y muy esquemáticas, tanto, que podrían confundirse con pequeñas estrellas o lauburus de traza muy simple.

Otros calvarios relacionados con el agua
Mucho más singulares son los calvarios presentes en una especie de santuario erigido sobre el roquedo de Peñalosa. A cierta distancia del río, pero levantado en la divisoria de aguas de los arroyos de Valdeloshuertos y La Rumblosa, elevado donde ambos desaguan en el Rumblar, el conjunto está integrado por cuatro cruces o cruciformes antropomorfos, numerosas cazoletas horadadas en una mesa o altar de pizarra orientado a levante y un conjunto de alquerques y retículas. Los cruciformes están localizados en el entorno territorial del sitio arqueológico de Peñalosa, poblado argárico adscrito a las culturas de la Edad del Bronce (Contreras Cortés et al., 2024). Los brazos y la cabecera acaban en triángulo o círculo y se elevan sobre peana triangular. Uno de los cruciformes muestra una cruz simple con peana, mientras que otro conserva únicamente la mitad inferior debido al fuerte deterioro de su parte superior.
Conclusiones
Con seguridad, estos elementos tienen un carácter apotropaico y protector. Cargados de simbolismo, amparan la abundancia y espantan las enfermedades en fuentes, abrevaderos y manantiales, mientras que en norias y pozos parecen vinculados a la fecundidad de las tierras de huerta y vega. Más compleja resulta la interpretación de los motivos de Peñalosa. Aunque podrían identificarse inicialmente como calvarios de cronología moderna o contemporánea, diversos aspectos formales y contextuales lo ponen en duda. El enclave no presenta ocupaciones posteriores a la Edad del Bronce y algunos rasgos morfológicos —remates triangulares o circulares, peanas triangulares y líneas verticales descendentes— los acercan más a los antropomorfos esquemáticos del arte rupestre prehistórico que a los calvarios cristianos tradicionales documentados en Baños de la Encina. A ello se suma la presencia de cazoletas, reticulados y pequeños alquerques, elementos de posible carácter ritual y apotropaico (Lorenzo Arribas, 2021).
Bibliografía
Cantero Quesada, J. M. (2025). Calvarios, cruces latinas simples y tumulares, Baños de la Encina (Jaén). Boletín del Instituto de Estudios Giennenses, 232.
Contreras Cortés, F., Moreno Onorato, M. A., Arboledas Martínez, L., & Alarcón García, E. (2024). Peñalosa (Baños de la Encina, Jaén). Guía oficial del yacimiento de la Edad del Bronce. Universidad de Granada.
López Martínez, J. J., Moreno Onorato, A., Arboledas Martínez, L., & Padilla Fernández, J. J. (2020). Puesta en valor del patrimonio histórico y natural del Monte Público de Burguillos (Bailén, Jaén). Locvber, 4, 33–34.
Lorenzo Arribas, J. (2021). El alquerque medieval, un símbolo protector. Revista Digital de Iconografía Medieval, XIII(23), 107–142.
Pedrosa Bartolomé, J. M. (2000). Huellas legendarias sobre las rocas: tradiciones orales y mitología comparada. Revista de Folklore, 238, 111–118.



