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Los tres veces muertos. Momias, pantanos y rituales

La muerte se define como un pasaje, como una transición. El ritual funerario es un rito de paso entre dos espacios opuestos, el de la vida y el de la muerte. El difunto es sometido a un proceso de transición, a través de sucesivas transformaciones, para hacer que el espíritu pase de un plano inferior a otro superior, del ámbito subterráneo al celeste, de la categoría de humano a divino.

Thomas (1983: 473)

Introducción

Tranquila jornada de trabajo la que se esperaba en la turbera de Silkeborg (Dinamarca) aquella mañana de mayo de 1950. Nada hacía sospechar que lo que iban a extraer distaba mucho de ser la turba habitual: el cuerpo sin vida de un hombre. Alarmados por lo que parecía un crimen reciente, los trabajadores llamaron a la policía. Cuál sería su sorpresa cuando vieron que el caso fue derivado, no a homicidios, sino al Museo Nacional de Dinamarca (fig. 1). Así vio la luz el llamado Hombre de Tollund, uno de los más de 2.000 cuerpos momificados que han sido hallados desde el siglo XIX en turberas y pantanos de la Europa húmeda.

Éste podría ser el comienzo de una novela, pero nos encontramos ante el relato de cómo fue hallada una de las momias más importantes y mejor conservadas hasta la fecha. Observada, admirada y estudiada, el Hombre de Tollund es una puerta al conocimiento de las poblaciones pasadas, de sus modos de vida, su sistema de creencias y cómo era su relación con la muerte.

Figura 1. Extracción del bloque de turba donde yacía el Hombre de Tollund. Ilustración: Niels Bach para el Museum Silkeborg.

La muerte produce terror, fascinación, curiosidad e interés a partes iguales en el ser humano. La preocupación por la muerte es algo inherente a la naturaleza humana, y cada sociedad se ha enfrentado a ella con las herramientas de las que disponía, provocando que cada cultura tenga como propia una ritualidad funeraria que la hace diferente y única (Martínez Blanco y Pérez Guzmán, 2017: 75).

Bajo el término de «Arqueología de la Muerte», acuñado en los años ochenta del siglo pasado (Chapman et al., 1981), se llevan a cabo los estudios científicos sobre los restos arqueológicos funerarios que han llegado hasta nosotros (Thompson, 2015). Varias disciplinas se unen en trabajos multidisciplinares para poder juntar las piezas que nos permitan, en mayor o menor medida, reconstruir el puzle del pasado. Historia, Arqueología, Antropología Forense, Paleopatología, Paleodemografía, Genética, Palinología, Antracología, Lingüística, Nutrición y un largo etc. se complementan en la Arqueología de la Muerte.

Será precisamente a través de las citadas disciplinas, como nos acerquemos al estudio y comprensión de las momias de turberas y pantanos europeos. Cómo, cuándo, por qué y en qué circunstancias murieron, y qué fenómenos han permitido que aún hoy sigan apareciendo serán preguntas a las que intentemos dar una respuesta clara. Para ello, nos acercaremos a los tipos de momias existentes en el registro arqueológico y cuáles han sido sus procesos de momificación. Prestaremos especial atención a las momias procedentes de los pantanos del continente europeo y por qué se han conservado de una forma tan extraordinaria para, a continuación, estudiar las causas de sus muertes y por qué éstas se produjeron en esas circunstancias.

Tipos de momias

Una momia es un cadáver, bien humano, bien animal. Aquí vamos a centrarnos en las primeras. El cuerpo humano está formado en su mayor parte por agua y, al fallecer se produce la licuefacción, la descomposición de las células en líquidos y gases. Esto es lo que llamamos proceso de descomposición cadavérica (Peña, J. A., Bustos Saldaña, R., Verdín G., O., 2019: 26-29). Las bacterias encargadas de la descomposición de los cadáveres necesitan dos cosas para vivir: agua y oxígeno. Cuando alguna de ellas falta, el proceso se hace más lento y puede llegar a detenerse por completo. Así pues, una momia es un cadáver que se ha desecado sin que haya tenido lugar dicho proceso, y que conserva una apariencia física perfectamente reconocible (Parra Ortiz, 2015: 62–64).

Dependiendo de cómo haya sido paralizada la descomposición cadavérica nos podemos encontrar momias naturales o momias artificiales. Hablamos de momias naturales cuando un cuerpo se ha conservado gracias a unas determinadas condiciones ambientales, de forma espontánea, sin que haya intervenido la acción humana (Peña, J. A., Bustos Saldaña, R., Verdín G., O., 2019: 30). Decimos que una momia es artificial cuando el cadáver se ha momificado gracias a la intervención humana, llevándose a cabo determinados procesos de embalsamamiento (Trancho, 2012: 249).

Dentro de la categoría de momias naturales, podemos distinguir tres grupos, según el factor que haya intervenido en la momificación:

  • Momias secas: se produce en zonas áridas, donde la pérdida de agua del organismo es muy rápida, y en áreas donde la temperatura crea unas singulares condiciones ambientales. Zonas como desiertos o cuevas volcánicas son perfectas para que se produzca este tipo de momificación. Como ejemplos de ambas zonas encontramos las primeras momias del valle del Nilo, donde la sequedad y las altas temperaturas del desierto permitieron que los cuerpos enterrados en la arena se preservasen; o las momias andinas de Lluillaillaco (Argentina) (Santa Cruz Javier, 2017: 12), donde en la cima del volcán y a una altura de 6.700 m., se congelaron y deshidrataron (Ceruti, 2018: 126s). En éste último caso se trata de una «momia natural intencional», pues fueron allí depositadas ex profeso y, al estar en posición sedente, se favorecía que los líquidos de la cavidad abdominal migrasen hacia el exterior del cuerpo (Ceruti, 2012: 90s) (fig. 2).
Figura 2. Doncella de Lluillaillaco (1450-1520 cal A.D), una de las tres momias encontradas en la cima del volcán Lluillaillaco, Argentina. Fotografía: Johan Reinhard para National Geographic.
  • Momias frías: este proceso actuaría como nuestro congelador de casa. La baja temperatura minimiza la acción bacteriana, lo que impide la descomposición. Estas condiciones se dan en cumbres montañosas con nieves perpetuas o en zonas de permafrost, zonas en las que la desecación por sublimación también es posible. Este tipo de momias sólo se preservan en dicho estado mientras las condiciones ambientales se mantengan, pues si se descongelan comenzaría su descomposición (fenómeno conocido como momias «vivas») (Trancho, 2012: 250). En este apartado incluimos a la momia del llamado Hombre del Hielo, Ötzi, hallada en los Alpes en 1991, y cuyo fallecimiento se ha datado 3350-3100 cal BP (VVAA, 2009: 59) (fig. 3 y 4).
Figura 3. La momia de Ötzi (3350-3100 cal BP) en el lugar de su hallazgo. Fotografía: Paul Hanny para National Geographic.
Figura 4. Detalle de los pies de Ötzi (3350-3100 cal BP). Fotografía: Robert Clark para National Geographic.
  • Momias húmedas: Su conservación ha sido posible gracias a la acidez y la falta de oxígeno de las ciénagas de turba en las que fueron arrojados (fig. 5). En ellas nos centraremos en el siguiente punto.
Figura 5. El Hombre de Tollund (405–380 cal BC). Fotografía: Museum Silkeborg.

Si hablamos de momias artificiales (aquellas en las que ha intervenido intencionalmente el ser humano) el primer ejemplo en el que pensamos es en el de las momias egipcias (fig. 6). Los egipcios, durante milenios, se afanaron en perfeccionar la técnica del embalsamamiento. Aunque fueron muchas las variantes llevadas a cabo, vamos a detallar el tipo de momificación que se realizó durante el Reino Nuevo (1539-1075 a. C.), etapa en la que podemos hablar de edad de oro de la momificación egipcia (Parra Ortiz 2015, 71–74). Por norma general, un embalsamamiento típico tenía una duración total de unos 70 días, durante los cuales se llevaban a cabo un total de 14 pasos:

  1. 1. Traslado del difunto hasta una estructura temporal, una especie de jaima, donde el cuerpo era desnudado y lavado (seh-netjer o «cabina divina» cuando se trataba de una persona de la realeza; ibu en hab o «tienda de purificación» cuando se trataba de una persona común).
  2. 2. Traslado del cuerpo limpio hasta el taller de los embalsamadores o wabet wat («lugar puro») o per nefer («lugar bello»).
  3. 3. Sobre la mesa de operaciones, extracción del cerebro a través de un orificio realizado en el hueso etmoides de la nariz. A veces se utilizaba como acceso el foramen magnum o la cuenca del ojo.
  4. 4. Evisceración del cadáver a través de una incisión en el lado izquierdo del abdomen. El corazón se dejaba en su sitio, pues para los egipcios era la sede de la razón.
  5. 5. Limpieza y desinfección de la cavidad con agua y vino de palma.
  6. 6. Desecación de los órganos extraídos. Se envolvían por separado para después ser introducidos en los vasos canopos.
  7. 7. Introducción de material de relleno en el cuerpo para que no perdiera la forma y al mismo tiempo se fuera deshidratando por dentro: paquetes de natrón para secarlo, lino para absorber los líquidos, resina para desinfectar y mirra para dar buen olor.
  8. 8. Desecación general del cuerpo, cubriéndolo con natrón sólido, durante 40 días.
  9. 9. Sacar el cuerpo del natrón, limpiarlo y vaciarlo de su relleno.
  10. 10. Devolver al cadáver un aspecto natural: relleno con resina de la cavidad craneana, y el cuerpo con saquitos de natrón, arena y cebollas.
  11. 11. Obturar los orificios de la cabeza y colocar sobre los ojos del difunto una tela con unos ojos dibujados, y maquillaje del difunto.
  12. 12. Ungimiento del cuerpo con aceites aromáticos para dar buen aspecto y olor.
  13. 13. Impermeabilización del cuerpo con una resina líquida.
  14. 14. Vendado.
Figura 6. Momia de Tiye, esposa de Amenhotep III y abuela de Tutankamón, XVIII Dinastía. Fotografía: Kenneth Garrett para National Geographic.

No todo el mundo podía costearse este proceso, por lo que dependiendo del nivel adquisitivo de cada individuo se llevarían a cabo todos los pasos o sólo parte de ellos (fig. 7).

Figura 7.  Momia del faraón Seti I (1323-1279 a.C.). Fotografía: G. Elliot Smith.

Momias de los pantanos y turberas

Pocos son los pantanos que reúnen las condiciones necesarias para que un cuerpo sea conservado (Renfrew and Bahn, 2007: 60s). Dichas condiciones son: bajas temperaturas, que como ya hemos apuntado minimizan la acción bacteriana impidiendo la descomposición; ausencia de oxígeno, que ralentiza o paraliza la acción bacteriana postmortem; ácido húmico, sustancia procedente de la muerte de sphagnum (el musgo o moho que vive en los pantanos) tras una serie de procesos químicos, que impide que las bacterias actúen y pudran la piel, lo que da a estas momias su característico color oscuro, como si de cuero curtido se tratara (Pringle, 2002: 103s). (Fig. 8) La conjunción de estos factores permite que el cuerpo se conserve de una manera tan extraordinaria que incluso podemos conocer cuál fue la última comida que ingirieron antes de fallecer. Así pues, no es de extrañar que los trabajadores de aquella turbera danesa confundieran una momia antigua con un crimen reciente. No fue un caso aislado, pues hay registros de iglesias en los que han quedado documentados funerales cristianos de otros cuerpos encontrados en similares circunstancias (Grilletto, 1989: 102).

Figura 8. El Hombre de Neu Versen o «Franz el pelirrojo» (135-385 cal AD). Fotografía: Robert Clark.

Pero ¿por qué se han hallado más de 2.000 cuerpos momificados en pantanos y turberas? Hombres, mujeres y a veces niños han sido encontrados en ellos. Los análisis antropológicos y paleopatológicos de estos cuerpos han determinado que sufrieron muertes violentas. A partir del estudio de las heridas perimortem perimortem y postmortem sabemos que muchos de ellos fueron colgados, desangrados y ahogados. A otros también les rompieron alguna extremidad, o les aplastaron la cabeza. El hombre de Tollund, el hombre de Grauballe, la chica de Windeby (41 cal BP-118 cal AD) (Gebühr, 2002: 47) o el Hombre de Neu Versen (conocido como «Franz el pelirrojo») (135-385 cal AD) (van der Plicht et al., 2004: 483s), son algunos ejemplos con nombre propio de estas violentas muertes (fig. 9).

Figura 9. Chica de Windeby (41cal BP-118 cal AD), hallada en el norte de Alemania en 1952. Fotografía: Stiftung Schleswig-Holsteinische Landesmuseen.

Así, sabemos que el hombre de Tollund (405–380 cal BC) (Nielsen et al., 2018) fue asfixiado al ser colgado de un árbol, pero no se le llegó a romper el cuello (fig. 10). Conserva a su alrededor la trenzada cuerda de dos cabos con la que fue ahorcado. Tuvieron cuidado al depositarlo en el pantano tras su muerte, cerrando sus ojos y su boca, y colocándolo como si estuviese durmiendo (fig. 11). Aún hoy continúa durmiendo plácidamente en su sueño eterno (fig. 12). Al hombre de Grauballe (400-200 cal BC.) le cortaron el cuello de oreja a oreja, un profundo corte que llegó a las vértebras. Además, tiene fracturas craneales y en la tibia izquierda, ocasionadas por golpes con un objeto contundente (Grilletto 1989, 105). También observamos una descalcificación de los huesos, producida por el sphagnan, el ácido húmico y los compuestos transitorios entre ellos, lo que lleva a que los huesos humanos se ablanden, deformándose bajo el peso de la turba (Pringle, 2002: 103s). Podemos apreciarlo sobre todo en su cráneo, deformado por el peso del suelo que le cubría (fig. 13) (Haywood, 2016).

Figura 10. Recreación de la ceremonia en la que el Hombre de Tollund fue colgado. Ilustración: Niels Bach para el Museum Silkeborg.

Por qué murieron y cómo acabaron en estos pantanos y turberas serán cuestiones a responder en próximas publicaciones.

Figura 11. Hombre de Tollund. Detalle de la cuerda con la que fue asfixiado. Fotografía: Lennart Larsen.
Figura 12. Hombre de Tollund. Detalle de la cara. Fotografía: Robert Clark para National Geographic.
Figura 13. Hombre de Grauballe (400-200 cal BC.) recién descubierto. Se aprecia la deformación del cráneo debido a la descalcificación del hueso y al peso de la turba. Fotografía: P.V. Glob.

Bibliografía

Ceruti, M.C.:

  • (2012). “Los niños del Llullaillaco y otras momias andinas: salud, folclore, identidad”. Scripta Ethnologica 34, 89–104.
  • (2018). “De momias y sacrificios infantiles: consideraciones para una arqueología de la niñez en Sudamérica”. Revista de Arqueología Espacial: Arqueología de la Infancia, Sociedade de Arqueología Brasileira 31, 118–133.

Chapman, I. Kinnes, K. Randsborg (Eds.). (1981). The archaeology of Death, Cambridge, Cambridge University Press.

Grilletto, R. (1989). Las momias: desde las pirámides hasta las criptas de los Santuarios, desde las turberas de Dinamarca hasta los despachos de los científicos, un fascinante viaje a través del tiempo y del espacio. EDAF, Madrid.

Haywood, J. (2016). Los hombres del norte: la saga vikinga. Ariel, Barcelona.

Martínez Blanco, C., Pérez Guzmán, I. (2017). “Análisis de restos cremados: excluir o no excluir. ¿Podemos encontrar fragmentos representativos?”, en Los tiempos cambian, de la piedra al teclado, X Jornadas de Jóvenes en Investigación Arqueológica, Asociación de Historia y Arqueología de Burgos, 74-83.

Nielsen, N.H., Philippsen, B., Kanstrup, M., Olsen, J. (2018). “Diet and Radiocarbon Dating of Tollund Man: New Analyses of an Iron Age Bog Body from Denmark”. Radiocarbon 60, 1533–1545. https://doi.org/10.1017/RDC.2018.127

Parra Ortiz, J.M. (2015). Momias: la derrota de la muerte en el antiguo Egipto. Crítica, Barcelona.

Peña, J. A., Bustos Saldaña, R., Verdín G., O. (2019). “Fenómenos cadavéricos y el tanatocronodiagnóstico”, Gaceta Internacional de Ciencias Forenses 31, 10-37.

Pringle, H. (2002), El enigma de las momias. La ciencia y la obsesión ancestral por vencer a la muerte, Grijalbo, Barcelona.

Renfrew, C., Bahn, P.G. (2007). Arqueología: teoría, métodos y práctica, 3a. ed. Akal, Madrid.

Santa Cruz Javier, M.R. (2017). Arqueología de la Infancia y de Género. El caso de Los Niños de Llullaillaco (Argentina). Universidad Autónoma de Madrid. Facultad de Filosofía y Letras.

Thompson, T. (Ed.). (2015). The archaeology of cremation. Burned Human Remains in Funerary Studies. Studies in Funerary Archaeology. Volume 8. Oxford/Philadelphia: Oxbow Books.

Trancho, G.J. (2012). “Los cuerpos del pasado: momificación natural y artificial”. Jornadas sobre Antropología de la muerte. Identidad, creencias y ritual, 247-274.

van der Plicht, J., van der Sanden, W.A.B., Aerts, A.T., Streurman, H.J. (2004), “Dating bog bodies by means of 14C-AMS”, Journal of Archaeological Science 31, 471–491. VVAA. (2009). Arqueología: los yacimientos arqueológicos y los tesoros culturales más importantes del mundo. Blume, Barcelona.

Claudia Martínez Blanco
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