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Maximiliano I de México: un emperador de un imperio imposible

A casi 160 años del final del Segundo imperio mexicano, la figura de Maximiliano I de México continúa despertando un notable interés entre historiadores y aficionados a la Historia. Aceptó la corona mexicana en 1864 en el Palacio de Miramar y fue fusilado tan sólo tres años después por las tropas republicanas de Benito Juárez. Pero, ¿quién fue realmente Maximiliano de Habsburgo-Lorena? ¿Cómo llegó un miembro de la Casa de Habsburgo-Lorena, hermano de Francisco José I de Austria a ocupar el trono mexicano? y, sobre todo, ¿qué proyecto político trató de implantar en un país tan alejado de su tierra natal?

El archiduque Maximiliano de Habsburgo-Lorena, nacido el 6 de julio de 1832 en Viena. Fue el segundo hijo del archiduque Francisco Carlos de Austria y de la princesa Sofía de Baviera, hermano menor del futuro emperador Francisco José I de Austria y cuñado de la célebre emperatriz Isabel de Baviera, más conocida como Sisi, Maximiliano creció en el seno de una de las dinastías más poderosas de la Europa del siglo XIX. Pero en la Casa de Habsburgo-Lorena, él ocupaba una posición secundaria. Las revoluciones de 1848 alteraron su destino cuando su tío, Fernando I, abdicó en favor de su hermano mayor, Francisco José. Con la llegada de Francisco José I, la posición de él mejoró, ya que este le encomendó el gobierno del territorio de Lombardía-Véneto en 1856. 

Figura 1. Retrato de Maximiliano I como Emperador de México, Realizado por el pintor alemán Albert Gräfel en 1864. Museo Nacional de Historia. Dominio Público. Fuente

Su primera experiencia de gobierno duró hasta 1859, cuando el territorio fue anexionado por el reino de Piamonte-Cerdeña en el contexto de la guerra de unificación italiana. Desarrolló una política reformista y relativamente liberal para la época que implicó mejoras sanitarias, obras públicas y una cierta reducción de cargas fiscales (Shawcross, 2023, pp. 55-58).

Al mismo tiempo, al otro lado del Atlántico la nación mexicana atravesaba una de las etapas más convulsas de toda su historia independiente. Tras la independencia de España en 1821, el país alternó entre imperios, repúblicas federalistas y centralistas, sufrió continuos golpes de Estado, perdió extensos territorios frente a Estados Unidos y padeció varias intervenciones extranjeras. Entre 1821 y 1864 llegaron a sucederse más de medio centenar de gobiernos distintos, reflejo de una profunda inestabilidad política que preparó el escenario para la llegada del archiduque austríaco (Galeana, 2010, pp. 65–70). 

Pero, el elemento determinante que hizo posible su llegada fue la deuda que México adquirió con potencias extranjeras para financiar sus guerras internas, en especial, la Guerra de Reforma (1858-1861). Conflicto del que salió vencedor el bando liberal liderado por Benito Juárez, quien llegó a la presidencia de la nación y acabó con el gobierno conservador (Philibert, 2007, pp. 17-24). La deuda contraída fue reclamada por el Segundo Imperio Francés, gobernado por Napoleón III, el Reino Unido de Victoria I y la España de Isabel II mediante el envío conjunto de una flota a Veracruz en diciembre de 1861 (Shawcross, 2023. pp.68-77).

El gobierno mexicano prometió el pago del mismo, hecho que Reino Unido y España aceptaron, retirando sus fuerzas, mientras que Francia no. (Cuervo, 2010, pp.85-87). Y es que Napoleón III tenía otros planes para México. En coalición con los conservadores del país inició la invasión del territorio mexicano, que, aunque empezó con la derrota de las tropas francesas en el Sitio de Puebla de mayo de 1862, Francia consiguió imponerse enviando un contingente de casi 30.000 soldados más al territorio. 

Con la ocupación de la capital el 10 de junio de 1863, los conservadores mexicanos, con el respaldo del ejército francés, acordaron establecer una monarquía imperial y ofrecer la Corona mexicana al candidato designado por Napoleón III: el archiduque Maximiliano de Habsburgo-Lorena. 

Napoleón III, en el marco de su política de expansión imperial vio a México como la puerta de entrada al continente. Y aprovechando la guerra civil estadounidense, se le ofrecía la circunstancia perfecta para ampliar su influencia en América y abrir nuevos mercados a la nación gala. Maximiliano, como se comentó al principio. aceptó el puesto, eso sí, tras ser convencido de tener un amplio apoyo local, como él mismo solicitó (Shawcross, 2023. pp.96-99). Los conservadores mexicanos habían falsificado cientos de cartas, adhesiones de apoyo y admiración de Maximiliano, siendo la mayoría dudosas o directamente fraudulentas. (Hamnett, 2001, pp. 185-193). 

Este hecho se demostró cuando él y su esposa, Carlota de Bélgica, llegaron a su nuevo país y en el camino desde Veracruz hasta México D.F, siendo esta tibia acogida inicial el primer indicio velado de que el imperio no tendría, al menos, un buen comienzo. Aunque lo que llevaron al poder fueron los conservadores mexicanos, Maximiliano, siendo una persona de convicciones liberales, conservó parte de la legislación liberal de Benito Juárez y la amplió con medidas agrarias, protección de tierras y aguas o la creación de Juntas Protectoras de las Clases Menesterosas. Estas últimas enfocadas a la población jornalera compuesta principalmente por indígenas. (Pani, 1998, pp.581-587). 

Figura 2. Maximiliano I y Carlota recibiendo a la embajada del pueblo Kikapú en el Castillo de Chapultepec. Dominio Público. Fuente.

También reorganizó el territorio inspirándose en los departamentos franceses e impulsó la construcción de las primeras líneas férreas del país contando con capital francés, británico e incluso estadounidense (Cuervo, 2010, pp.94-100). Maximiliano intentó crear un estado-nación moderno, así como involucrarse con su nueva patria. Esto se vio en diversas visitas a diferentes puntos del territorio que controlaba el Segundo imperio. Aprendió español, y procuró familiarizarse con la historia y las costumbres del país. Incluso se autoimpuso un sistema de audiencias públicas los domingos para atender personalmente los problemas de los mexicanos (Pani, 1995, pp.439-454). 

Estas medidas le granjearon cierto apoyo popular, pero los conservadores lo rechazaban al no ser el monarca que esperaban para el país, así como para los liberales, que Maximiliano siempre procuró atraerse, ya que para ellos era meramente una imposición extranjera. 

El proyecto imperial comenzó a desmoronarse en 1866, cuando Napoleón III decidió retirar el respaldo militar francés al proyecto. El final de la guerra de secesión en Estados Unidos y el creciente peso de Prusia en Europa, con Bismarck a la cabeza, obligó a Francia a reorientar sus prioridades nacionales. Sin este apoyo, el Segundo imperio mexicano quedó a merced de las tropas de los republicanos de Juárez (Palacios y Pani, 2014. pp.414-418).

La retirada se evidenció entre octubre de 1866 y enero de 1867. Esta fue aprovechada por las tropas republicanas de Benito Juárez, apoyadas por los Estados Unidos, para ganar territorio. Maximiliano, quedándose más aislado, tuvo que retroceder en sus ambiciones de construcción de un imperio liberal y buscar apoyo, de nuevo, de los conservadores, con el objetivo de mantener el imperio. El progresivo deterioro de la situación militar llevó a Maximiliano a asumir personalmente el mando del ejército imperial durante la campaña final (Shawcross, 2023. pp. 253-275). Aun así, las derrotas se sucedieron frente al ejército liberal, incluida la propia captura de Maximiliano en la ciudad de Querétaro el 15 de mayo de 1867. Tras un consejo de guerra en esa ciudad, fue fusilado junto a Miguel Miramón y Tomás Mejía en el Cerro de las Campanas el 19 de junio de 1867. Benito Juárez rechazó cualquier posibilidad de indulto (Philibert, 2007, pp. 73-80). Siendo sus últimas palabras: «¡Que mi sangre selle las desgracias de mi nueva patria!» (Castelot, 2002, pp. 595-596).

Figura 3. Imagen de la tumba de Maximiliano de México en la cripta de los capuchinos de Viena. Como puede observarse en la imagen, la figura de Maximiliano I continúa despertando muestras de afecto entre numerosos visitantes mexicanos. Fuente: El autor.

 En conclusión, aunque el Segundo imperio terminó derrotado, la figura de Maximiliano ha seguido siendo objeto de debates. Para unos fue un gobernante impuesto, financiado y apoyado por la Francia de Napoleón III. Para otros fue un monarca con buenas intenciones que intentó modernizar el país pero que terminó atrapado en los intereses internacionales de las potencias y de la división de su propia nación. Sus últimas palabras reflejaron el profundo vínculo que llegó a desarrollar con México. Con su muerte terminó una de las experiencias políticas más singulares de la historia contemporánea hispanoamericana y nació una figura histórica cuya memoria continúa generando debates. Así como demostrar que un proyecto político, por ambicioso que fuera, difícilmente podía consolidarse cuando dependía del apoyo militar extranjero y carecía de una base social suficientemente amplia dentro del propio país. 

Bibliografía

Álvarez Cuervo, B. (2014). Maximiliano I y el Segundo Imperio mexicano. La Razón Histórica: Revista Hispanoamericana de Historia de las Ideas Políticas y Sociales, 28, 82-116.

Galeana, P. (2010). La disputa por la soberanía (1821-1876). El Colegio de México.

Hamnett, B. R. (2001). Historia de México. Cambridge University Press.

Mendoza Philibert, E. (2007). Personajes notables de la historia de México: Benito Juárez, Porfirio Díaz vol. II. Panorama Editorial.

Palacios, G., & Pani, E. (2014). El poder y la sangre: Guerra, Estado y nación en la década de 1860. El Colegio de México.

Pani, E. (1995). El proyecto de Estado de Maximiliano a través de la vida cortesana y del ceremonial público. Historia Mexicana, 45(2), 423-460.

Pani, E. (1998). ¿»Verdaderas figuras de Cooper» o «pobres inditos infelices»? La política indigenista de Maximiliano. Historia Mexicana, 47(3), 571-604.

Shawcross, E. (2023). El último emperador de México: La increíble historia del archiduque de Austria que creó un imperio en el Nuevo Mundo. Ático de los Libros.

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