
«Las emperatrices romanas y su representación en Hispania»
Capítulo 1: Livia Drusilla
Después de las convulsiones políticas y bélicas que asolaban Roma, en el año 27 a. C., Octaviano recibió del Senado el título de Augustus y consolidó una posición de primacía política que lo convirtió, de hecho, en el primer emperador romano. Una nueva era comienza en Roma, y junto a ella, surge un enfoque digno de estudio: la figura de las emperatrices y el poder que ejercieron a espaldas de los poderosos gobernantes. Nace con ello un nuevo paradigma histórico artístico en el Imperio que ha ido generando distintos debates y estudios desde su persona y por ende, desde sus representaciones artísticas, un fenómeno que estudiaremos aquí centrándonos, centrándonos en los talleres de Hispania.
Livia Drusila, futura Julia Augusta y matriarca de la dinastía julio-claudia, nació en Roma en el 58 a. C. y murió en el 29 d. C., a los 86 años. Su vida se enmarca en el contexto histórico de la crisis final de la República, un momento marcado por las guerras civiles y por la disputa política abierta tras el asesinato de Julio César en los idus de marzo del 44 a. C. (Ruiz Castellanos, 2023, p. 23).
La joven a la edad de quince años ya es obligada a casarse en el año 42 a. C. con Tiberio Claudio Nerón, su primo, un hombre patricio treinta años mayor que ella. Tras casarse se convierte en matrona, un título que obtenían las mujeres patricias cuando se casaban, tal y como establecía la tradición romana (Orozco Masarotti, 2025, pp.175 – 176). Tras el nacimiento de Tiberio —hijo de Livia y Tiberio Claudio Nerón que posteriormente fue adoptado por Augusto—, se consolidó la figura de quien acabaría siendo el sucesor al trono y segundo emperador del Imperio.
Antes de ser emperador, Cayo Julio César Octaviano Augusto (63 a.C. – 14 d.C.) se divorcia de su mujer para casarse con Livia Drusilla, principalmente por cuestiones políticas y obtener relaciones influyentes -Livia pertenecía a la gens Claudia, una de las familias patricias más prestigiosas de Roma-. Ambos, Livia y Cayo Julio César Octaviano Augusto, se divorcian el mismo día de sus respectivos cónyuges y se casan al poco tiempo, ella estaba embarazada de su segundo hijo, Nerón Claudio Druso, el futuro emperador. Después de que el ex-marido de Livia muriese de causas naturales en el 33 a. C., Tiberio, su primogénito va a vivir con su madre quien se dedica a educarlo y formarlo en griego, latín, oratoria, retórica, etc. de la mano del poeta Virgilio, amigo personal de Octavio Augusto. (Syme, 2011, pp.283-284).
Livia se convierte así en la madre del Imperio, ya que de su estirpe se proclaman los emperadores posteriores: primero su hijo, el emperador Tiberio, y posteriormente su bisnieto, el emperador Calígula, su nieto Claudio y tataranieto, el emperador Nerón.
El papel de la emperatriz en el Imperio
Durante toda su vida, desempeñó un papel muy importante a nivel social y político como benefactora, sufragando obras públicas como fue:
« (…) la restauración y construcción de templos como la edificación del Pórtico de Livia y el pequeño santuario, en su interior, dedicado a la Concordia en el año 7 a. C.»
(Hidalgo de la Vega, 2012, p. 62).
Siempre que podía homenajeaba a las buenas mujeres y esposas de la antigua Roma, incluso ofrecía banquetes para las mujeres de la capital del Imperio (Hidalgo de la Vega, 2012, p. 62).
También fue muy buena consejera de Augusto en cuestiones políticas, haciendo que su esposo no tuviera enemigos, es decir, Livia pudo contribuir, según ciertas interpretaciones, a la gestión de alianzas políticas y familiares dentro del entorno augusteo. Por tanto, Augusto aprendió de ella a tener de su lado a gran parte del senado y militares de prestigio, de ahí vino la famosa Pax Romana, caracterizada por esa estabilidad política en la época en la que Augusto fue emperador. Con lo cual, en agradecimiento le concedió la administración de sus propios bienes, un privilegio excepcional en la época (Hidalgo de la Vega, 2012, p. 61).
Por otro lado, la figura de la Augusta se ha visto afectada por la profunda leyenda negra de autores latinos como Tácito y sus «Anales» (s. I d. C.) o Dión Casio y su «Historia Romana» en el s. III d. C. El hecho de que Livia y Augusto nunca tuvieran hijos legítimos, es la causa por la que se proyecta en la historiografía antigua una historia ciertamente modificada y tergiversada a través de las críticas. Los historiadores o escritores de Roma la tacharon de criminal, pues todos aquellos que eran legítimos herederos al trono por parte de Augusto, “gens Julia”, acababan muertos o asesinados —por intoxicación o en batalla para que su hijo Tiberio llegara a ser emperador— por supuestas conjuras de Livia. Sin embargo, esta leyenda negra ha impulsado investigar y reevaluar su figura analizando detenidamente los datos aportados por los historiadores clásicos. Así, autores modernos como Syme (2020, pp.416-422) o Ruiz Castellanos (2023, pp. 25-44), desmienten estos hechos argumentando que no existen pruebas sólidas que la vinculen con los complots de los que se le acusaba.
Lo que sí se corrobora en el testamento de Augusto es que la emperatriz fue adoptada por su esposo, quedando así reflejada su institucionalización como Iulia Augusta, otorgándole gran poder. Esto también se une al hecho de ser declarada mater patriae por parte del senado, porque siempre acompañaba a Augusto al frente y se quedaba en el campamento militar compartiendo la vida castrense como los demás pretorianos, lo que daba cierta confianza y seguridad a las fuerzas militares (Hidalgo de la Vega, 2012, pp. 31-34).
A la muerte de su esposo, en el año 14 d. C. Livia, aunque no gobernó oficialmente, ni recibió poderes políticos de manera formal, sí que medió ante el senado para que su hijo fuera nombrado princeps y a partir de ahí también ella quiso formar parte del gobierno con su hijo, Tiberio, administrando los poderes que le habían sido otorgados como emperador. Sin embargo, éste renegó de su madre, al considerarla un obstáculo a su reinado por el poder que Augusto le había otorgado a ella. Y porque Livia quiso seguir con el mismo planteamiento de gobernanza realizado años atrás con Augusto. Finalmente Tiberio renegó de ella y la exilió de la vida pública hasta su muerte. Esta rivalidad entre ambos ya fue comentada por Tácito en sus «Anales»:
«Unos (senadores) proponían que se le llamara «la madre», otros, «madre de la patria». La mayor parte proponía que al nombre de César añadiese el de «hijo de Julia». Tiberio no cesaba de decir que había que ser moderados en los honores de las mujeres (feminarum honores)… La verdad era que la envidia le atormentaba y recibía la elevación de esta mujer como disminución suya»
(Tácito, trad. en 1979, An. I, 1.14).
A la muerte de Livia, Tiberio no quiso ir a su entierro. A pesar de ello, el Senado quiso otorgarle una apoteosis para divinizarla, algo que su hijo rechazó de pleno. Así que la consagración de Livia como Diva Augusta llegó de la mano de su nieto, Claudio, en el año 42 d. C. (Hidalgo de la Vega, 2012, pp. 32-34).
La figura de Livia Drusilla en Hispania
Todo lo anteriormente visto hizo que se ensalzara la figura de Livia Drusila, quien por méritos propios, sería representada por todo el Imperio como ejemplo de mater patriae. Tal y como afirma Hidalgo de la Vega, la representación de los emperadores y emperatrices, no solo obedecía a la propaganda oficial del Imperio, sino que sus acciones como benefactora fueron reconocidas en el Imperio. Gracias a que su esposo comenzó a expandir el germen de una profesión de fe hacia su persona como Diva Augusta, provocando que en muchas provincias quisieran mostrar ese afecto a través de sus efigies. Incluso tras su fallecimiento, se convirtió en una de las mujeres más importantes de Roma, tanto que las emperatrices posteriores la tomaron como un ejemplo a seguir (Hidalgo de la Vega, 2012, pp. 32-34).
Así pues, centrándonos en Hispania, y como afirma Goretti Oya, su imagen se representó como la Venus Genetrix, (que en la mitología romana fue la fundadora de la familia Julio-Claudia) y con sus equivalentes deidades tales como Ceres, Cibeles o Juno, simbolizando la fecundidad (de ahí mater patriae o madre de la patria). Al difundirse la noticia de que los nietos de Augusto serían realmente los herederos del poder, la producción de retratos escultóricos de Livia se intensificó en su honor. Se consolidó una imagen de dama basada en el ideal de la tradición romana como propaganda. Sobre todo, para influenciar a la sociedad ejemplarizando el valor de buena matrona según el programa imperial de Augusto y tras él, con Tiberio (Oya, 2020, pp. 133-134).

En la Bética se representa como la primera emperatriz romana destinada al culto imperial oficial. Uno de los ejemplos más representativos se halló en el Cerro del Castillo (Medina Sidonia, Cádiz) en las prospecciones llevadas a cabo entre 1960 y 1961, y en intervenciones posteriores se localizó el cuerpo (imagen 1). Actualmente, el conjunto restaurado se conserva en el Museo de Cádiz (N.º de inventario CE 07209, disponible en la Red Digital de Museos de España, http://CER.es)
Oya García argumenta que el hecho de haber hallado estos materiales proporcionan una información importante y que, con ello es posible analizar desde múltiples puntos de vista: históricos, políticos, sociales, religiosos, artísticos y sobre todo desde el contexto en el que se creó, es decir, un taller hispano. También, es posible que su representación fuese objeto de devoción en la esfera privada, como exvotos o decoraciones con un sentido religioso. La autora recomienda analizar detenidamente la estatuaria romana desde dos perspectivas:
«(…) por un lado, el concepto y la representación del personaje o divinidad y la forma de rendirle culto y, por otro, el papel que desempeñan en los ámbitos públicos y privados»
(Oya García, 2020, p.134).
Conclusión
Para terminar, la Historia de Roma ha presentado a Livia Drusilla como una mujer maquiavélica y fría que quiso hacerse con el poder de su hijo, maquinando incluso con la muerte de miembros de la familia gens-julia para que este ascendiera al trono sin tener problemas con la dinastía. Sin embargo, la historiografía reciente ha matizado esta imagen, ya que gracias a las nuevas aportaciones y nuevas reelaboraciones históricas, se ha podido averiguar que Livia fue mucho más que eso: una mujer que ayudó a su pueblo, y que pese a todo fue muy querida por todos los habitantes del Imperio, sin importar su procedencia.
Y ese ejemplo lo tenemos en las representaciones escultóricas que se hicieron, no solamente estando ella en vida, sino una vez alcanzada la apoteosis, y convirtiéndose en deidad y mater patriae. Como resultado, ese cariño se extendió a diversos puntos del Imperio, entre ellos la zona de la Bética, cuyos talleres reflejaron la importancia de la calidad de las imágenes para conmemorar por la eternidad el nombre de Livia Drusilla, una excepcional mujer, ejemplo para las futuras emperatrices.
Bibliografía
Ruiz Castellanos, A. (2023). Livia, esposa de Augusto: la historia de una mujer excepcional. CERETANUM , 1, 25-44, . https://academiasandionisio.com/storage/Revistas/Revista%201/Livia%20esposa%20de%20Augusto%20la%20historia%20de%20una%20mujer%20excepcional%201%20CERETANUM%20150323%20.pdf
Hidalgo de la Vega, M. J. (2012). Las emperatrices romanas: sueños de púrpura y poder oculto. Editorial Universidad de Salamanca.
Oya García, G. (2020). La imagen de Livia Drusila en la escultura del territorio bético en época alto imperial. Hispania Antiqva. Revista de Historia Antigua, XLIV, 130-159: https://doi.org/10.24197/ha.XLIV.2020.130-159
Orozco Masarotti, V. (2025). Mujeres de la realeza en época imperial romana (I a.C. – I d.C.): modelos y tradiciones. Anuario de la Escuela de Historia Virtual, año 16 – 27. 174-201. http://revistas.unc.edu.ar/index.php/anuariohistoria
Syme, R. (2020). La Revolución romana. Editorial Planeta.
Tácito, C. C. (1979-1980). Anales (J. L. Moralejo, Trad.; 2 vols.). Editorial Gredos. (Obra original publicada ca. 117 d. C.).



