Un monumento natural con [pre]historia
Dominando el valle del río Genil, en la aldea de Fuentes de Cesna (Algarinejo, Granada) y casi en el límite con Córdoba, se alza el Tajo de Villavieja. Se trata de un edificio natural que destaca sobre el entorno. Desde esta mole de arenisca se puede contemplar un paisaje continúo de las tierras de Granada, Córdoba y Málaga, coronando sobre el cauce del río Genil, en lo que forma en la actualidad el Embalse de Iznájar (Figura 1).

Entre los campos de olivos destaca una meseta de forma triangular rodeada por un acantilado de más de 30 metros de altura en su vértice. Esta planicie fue aprovechada para fundar el asentamiento de Villavieja, cuyos orígenes se remontan a la Edad del Cobre, manteniendo una ocupación residual durante la Edad del Bronce (2836 – 2026 cal. a.C.). El poblado, con una extensión de 2,5 hectáreas, queda delimitado por una muralla monumental de trazado curvo construida en mampostería, reforzada a intervalos regulares por contrafuertes y estructuras semicirculares (Garzón, 2025; Morgado et al., 2013, 2023, 2024).
Por otro lado, durante el periodo medieval, tanto la base del farallón como diversos abrigos (naturales y excavados en la roca) situados a media altura fueron reutilizados para el desarrollo de viviendas, aljibes y espacios ganaderos (Bermúdez y Ruiz, 2015; Morgado et al., 2013, 2023, 2024). La comunicación con estas estructuras se articulaba mediante una vía de acceso tallada en la roca del farallón, compuesta por tramos de rampas y escalinatas (Figura 2).
En el propio acantilado, también se abre una cueva natural –denominada «Cueva de las cabras»–, cuyo acceso desde el suelo, no presenta dificultad. Su parte más externa y amplia, se utilizó hasta hace apenas unas décadas como zona de estabulación para el ganado. Sin embargo, el acceso a la sala más interna se encuentra bloqueado por un derrumbe, por lo que no es posible adentrarse en ella sin equipo de espeleología (Bermúdez y Ruiz, 2015).

Por otra parte, cabe considerar que a apenas un kilómetro de este recinto se encuentra el Castillo de Cesna —denominado por algunos arabistas como «Castillo de Turrush»—, ubicado sobre un promontorio en la propia orilla del río Genil. Este castillo, con un posible origen visigodo, perteneció a Ardabasto —hijo de Witiza, el último rey visigodo—, quien lo cedió a los omeyas, según señala Arjona (1979). Tuvo un uso intenso durante la Edad Media; Su ocupación abarcó desde el periodo emiral —cuando sirvió de refugio a Abderramán I antes de su entrada en Córdoba— hasta la época nazarí (ss. XIII-XV), momento en que fue tomado por las tropas cristianas. (Arjona, 1979; Jiménez y Mattei, 2014). En este sentido, es posible que existiera una relación entre las estructuras del tajo y las del propio castillo; sin embargo, esta vinculación aún no ha sido estudiada o, al menos, no se referencia en la documentación.
Referencias culturales e identitarias
Al oeste de este monumento natural se ubica el despoblado de Fuentes Viejas, un asentamiento emplazado sobre una explanada opuesta, comparte la misma naturaleza geológica y sedimentaria que el Tajo. Lo que hoy día aparece ante nuestros ojos como un frondoso vergel albergó, hasta hace apenas unas décadas, un pueblo vivo (Figura 3). Sin embargo, la inestabilidad del terreno se manifestó trágicamente a partir de los años cuarenta del siglo pasado, culminando a principios de la década de 1970, cuando una sucesión de catástrofes naturales y desprendimientos de rocas devastaron el enclave. Este último episodio se saldó con varias víctimas mortales y sentenció el abandono definitivo del asentamiento. Los supervivientes, despojados de sus hogares, se vieron obligados a buscar refugio con sus familiares o a ser realojados en los albergues provisionales que el gobierno construyó a unos dos kilómetros de distancia; un núcleo de viviendas que, con el tiempo, dio origen a la actual población de Fuentes de Cesna (Algarinejo).

No obstante, el Tajo nunca ha pasado desapercibido para los habitantes del despoblado —entonces— y del nuevo asentamiento —ahora—. La comunidad local siempre ha profesado un interés casi místico por este enclave, fascinada por la imponente silueta que proyecta en el paisaje y la presencia de una cueva —históricamente aprovechada por los pastores como establo—. A esto se añadían también las noticias sobre hallazgos arqueológicos por parte de «curiosos» en la planicie. Esto último, dió pie al inicio de las intervenciones arqueológicas del 2012, que sacaron a la luz el asentamiento calcolítico e iniciaron la investigación científica en el área (Morgado et al., 2013).
De este modo, tanto el Tajo como el despoblado se configuran como un referente identitario y cultural que responde a la definición de paisaje cultural de la UNESCO (2019):
«[…] bienes culturales [que] representan las «obras conjuntas del hombre y la naturaleza». Ilustran la evolución de la sociedad humana y sus asentamientos a lo largo del tiempo, bajo la influencia de las limitaciones y/o ventajas físicas que presenta su entorno natural y de las sucesivas fuerzas sociales, económicas y culturales, tanto externas como internas» (Anexo 3, párr. 6).
El Tajo no solo destaca por su indiscutible valor paisajístico, sino también por el acervo de tradiciones y leyendas locales que alberga, lo que lo convierte en un símbolo de pertenencia fundamental para las comunidades del entorno, sus cortijadas y, de manera muy especial, para Fuentes de Cesna.
Leyendas, tradiciones y memoria
Dentro de las tradiciones orales que se transmiten entre los habitantes, cabe destacar diversas leyendas locales. Aunque algunas de ellas ya han sido recogidas por escrito —precisamente con el fin de salvaguardar el conocimiento popular y la memoria vinculada al monumento (Gámez, 2010)—, la mayoría sigue viva en el imaginario colectivo.
Gran parte de este corpus legendario gira en torno a la cavidad rupestre ya descrita. En el imaginario colectivo, esta cueva es concebida como el umbral de acceso a dos posibles realidades subterráneas: por un lado, un tajo por completo hueco en su interior del que apenas restaría un «cascarón» periférico y, por otro, una intrincada red de galerías secretas que descendería hasta conectar con el cauce del río Genil. Según la creencia popular, este pasadizo habría sido utilizado como vía de escape segura o canal de comunicación entre el Tajo y el valle, salvando así una distancia de un kilómetro.
Más allá del mito, algunas de estas tradiciones encierran un fuerte componente de realidad vinculado a la vida cotidiana. Este es el caso de la llamada «Piedra de las 9», un punto del monumento natural que los vecinos del despoblado utilizaban como referencia horaria. Ubicada en el vértice del triángulo del tajo y orientada hacia el este, esta roca comenzaba a brillar con fuerza en el momento exacto en que el orto solar alcanzaba dicha posición, marcando de manera natural el inicio de la jornada laboral en el campo (Gámez, 2010).
Conclusión
El Tajo de Villavieja, en su conjunto con el despoblado de Fuentes Viejas y el Castillo de Cesna, conforma un valioso paisaje cultural y rico patrimonio donde la memoria local, la historia y la naturaleza van de la mano. Por ello, este enclave ofrece la posibilidad de ser estudiado de forma integral o individualizado desde la arqueología y la etnografía, entre otras disciplinas, puesto que ha marcado procesos clave para la habitabilidad de la zona desde la Prehistoria hasta la actualidad. Esta continuidad histórica ha propiciado el arraigo de manifestaciones patrimoniales, referentes culturales, leyendas y relatos orales que continúan vivos sobre el edificio natural. Hoy en día, estos lugares siguen siendo el corazón de la identidad y la historia de Fuentes de Cesna.
Bibliografía
Arjona, A. (1979). El Castillo de Turrush. Boletín de la Real Academia de Córdoba de Ciencias, Bellas Letras y Nobles Artes, 100, 257-264.
Bermúdez, R. y Ruiz, F. (2015). Participación del Grupo Espeleológico G40 en el proyecto arqueológico del Tajo de Villa-Vieja (Algarinejo, Granada). Gota a Gota, 8, 83-93.
Gámez, J. (2010). Cien años en las Cabreras (el honor de los Camperos). Publicaciones Obra Social y Cultural de CajaSur.
Garzón, J. (2025). Análisis arquitectónico de los recintos amurallados de la Edad del Cobre de Andalucía [Tesis doctoral, Universidad de Granada]. https://hdl.handle.net/10481/102605
Jiménez, M. y Mattei, L. (2014). El patrimonio arqueológico medieval del Poniente Granadino (Comarcas de Alhama, Loja y los Montes Occidentales). Alhulia.
Morgado, A., García, D., Bermúdez, R., Bueno, J. A., Iglesias, R., Marín, T., Ortega, C., Ros, L. y Beltrán, J. (2024). Documentación arqueológica e interpretación del sector central de la muralla Calcolítica de Villavieja (Fuentes de Cesna-Algarinejo, Granada). Antiqvitas, 36, 14-40.
Morgado, A., Garzón, J., García, D. y Bueno, J. A. (2023). Villavieja (Fuentes de Cesna-Algarinejo, Granada). Nuevas aportaciones a los poblados amurallados de la Edad del Cobre en el Subbético de Andalucía. Complutum, 34(2), 351-374. https://doi.org/10.5209/cmpl.92259
Morgado, A., Martínez, F., Garzón, J., Jiménez, F., Ruíz, F., Gutiérrez, M., Fernández, S., Ortiz, J. M. y Lozano, J. A. (2013). Villavieja (Algarinejo, Granada), un recinto amurallado de la Edad del Cobre en el Poniente Granadino. Avance de la Campaña de 2012. Antiqvitas, 25, 39-48.



