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Las repercusiones de la Revolución Rusa en España

En 1917, mientras el mundo está sumido en una guerra de devastación como nunca antes se había producido, una revolución acababa con el régimen autocrático del zar de Rusia, dando origen al primer Estado socialista del mundo, cambiando la historia para siempre. 

El nuevo régimen tuvo desde el principio una vocación expansiva, ideológicamente hablando, lo que alarmó a las cancillerías europeas por el riesgo de contagio. Pero, cuando la hambruna se extendió por el «paraíso soviético» en 1921 matando a millones de personas (Llewellyn, 2015) y demostrando que el nuevo régimen era incapaz de dar al «pueblo» aquello que le había prometido, el miedo empezó a diluirse.

Figura 1. Detalle de la portada del diario El Imparcial del 30 de marzo de 1917. Licencia: Dominio Público. Fuente

¿Y en España? 

El miedo a la expansión de la revolución también llegó a nuestro país. Entre la clase política hubo dos lecciones claras. La primera fue que era necesario llevar a cabo reformas sociales para prevenir la expansión de la revolución en España.  La otra, más en el ámbito conservador, fue la necesidad de una actitud más autoritaria para prevenir el contagio (Avilés, 2000, p. 118).  

En cambio, parte de la intelectualidad progresista entendió que era necesario apoyar la revolución como algo útil para renovar la sociedad, dado que los sistemas liberales habían fracasado. Esta simpatía se vio más claramente entre los grupos republicanos y más concretamente entre el grupo republicano catalán, que valoró incluso la opción de apoyar la revolución para arrastrar a los grupos sindicales, planteándose la posibilidad de crear un grupo comunista republicano catalán para lograr esta unión, e incluso en 1920, la posibilidad de adherirse a la III Internacional. Pero las drásticas 21 condiciones que desde Moscú se pedían para entrar, hizo que se rechazara esa adhesión (Avilés, 2000, p. 124). 

El PSOE tuvo una actitud algo ambigua al inicio de la Revolución Rusa. Como partido más afín a la causa aliada se mostró a favor de esta, pero también temerosa de la posible retirada de Rusia de la guerra. Esto hizo que guardara silencio durante algunos meses (Almuiña, 1997, p. 210). 

Sin embargo, con la firma del armisticio ya no era necesario que el PSOE apoyara a los gobiernos burgueses y por lo tanto, mostró ya su claro apoyo. La primera muestra fue durante la conferencia de la Internacional Socialista de Berna de febrero de 1919, donde ante la proposición del delegado sueco de condenar a los bolcheviques declarando que el avance del socialismo debe ser sólo mediante métodos pacíficos; Besteiro, el delegado español, defendió otra proposición que rechazaba la condena, al decir que se carecía de datos suficientes (Avilés, 2000, p. 21 pp 17-31). Esta posición dubitativa del PSOE se enfrentó a una dura prueba poco después, cuando se creó en marzo de ese año la III Internacional o Internacional Comunista

Ya en julio de ese mismo año, la Agrupación Socialista Madrileña, solicitó a la ejecutiva del partido la celebración de un plebiscito para la adhesión a la III Internacional. Pablo Iglesias, ya anciano, vio en ello una posible vía de fractura del partido y desvió el tema hacia la celebración de un congreso extraordinario (Avilés, 2000, p. 126). 

El congreso extraordinario se celebró en diciembre de 1919, pero ante los debates que amenazaban con provocar la escisión del partido, la decisión de adhesión o no a la III Internacional se pospuso por un escaso margen hasta la celebración de un nuevo congreso a celebrar en junio de 1920. Lo que no se pudo evitar es que las Juventudes Socialistas sí se adhirieran, fundando varios de sus miembros en abril de ese mismo año de 1920 el Partido Comunista Español.  

En este nuevo congreso se dio por sentado que el PSOE se iba a adherir a la III Internacional, pero los delegados opuestos, lograron que se negociara la adhesión mediante una serie de condiciones que aseguraran la independencia del PSOE respecto a Moscú. En el fondo buscaban evitar la adhesión, puesto que Moscú estaba exigiendo 21 condiciones para la misma, que impedían totalmente cualquier tipo de independencia de los partidos. Por otro lado, la UGT en su congreso rechazaba rotundamente la adhesión  (Sueiro, 2002, p. 266). 

Los enviados españoles, entre los que estaban Fernando de los Ríos y Anguídano, llegaron a Moscú en octubre de 1920. El viaje sirvió para constatar que Moscú era inflexible en sus condiciones, pero también que «el paraíso socialista», no era tal. Represión, hambre, etc.  

Fue en un tercer congreso celebrado en abril de 1921 donde el PSOE aprobó por 8.808 votos contra 6.025, la adhesión a la Internacional de Viena, una tercera vía que al poco se fusionaría con la II Internacional. Ante esta nueva jugada, los disidentes decidieron fundar el Partido Comunista Obrero, confirmando la escisión que tanto había temido Pablo Iglesias (Sueiro, 2002, p. 266).  

¿Y los anarquistas? Al principio se mostraron favorables a la revolución. Las noticias que llegaban de las actuaciones del nuevo Estado parecía que coincidían con su ideario de libertad. 

En diciembre de 1919 se celebró el congreso nacional de la CNT, donde por aclamación se decidió la adhesión a la III Internacional de forma provisional, mientras se veía la evolución de los acontecimientos, enviando como delegado a Ángel Pestaña al II Congreso de la Internacional Comunista, celebrado en Moscú en 1920. En ese viaje comprendió que la independencia que defendía la CNT era incompatible con los principios del régimen soviético (Avilés, 2000, p. 24). 

A su vuelta a Madrid, se encontró que la CNT era objeto de una gran represión. Parte de sus dirigentes fueron detenidos permitiendo el ascenso en el sindicato de una generación de jóvenes, más afines al movimiento bolchevique que los dirigentes ahora encarcelados, entre ellos Andrés Nin. 

En el verano de 1921 se celebró el I Congreso de la Internacional Sindical Roja. Allí acudieron 4 delegados de la CNT de esa nueva dirección proclive a Rusia soviética, entre ellos Andrés Nin. Durante el congreso, los delegados de la CNT intentaron sin éxito que se aprobaran los preceptos de libertad que defendían (Avilés, 2000, p. 28).  

Nin no pudo regresar a España por estar buscado por la participación en el atentado que le costó la vida al presidente Eduardo Dato, quedándose en Rusia junto a Ramón Casanellas, implicado también en el atentado. 

El resto de los delegados de la CNT, a su regreso a España, encontraron un clima hostil por parte del sindicato, que deseaba ahora romper con Moscú. Sin embargo, el régimen de semi clandestinidad por el que debía moverse, dificultó tomar una determinación hasta junio de 1922, cuando la CNT decidió romper con Moscú (Avilés, 2000, p. 29). 

Conclusiones

Podemos decir que la Revolución Rusa al principio ocasionó simpatía en general por los grupos de izquierdas y los movimientos obreros. Sin embargo, según fueron llegando noticias de la represión y los movimientos centralizadores de las nuevas autoridades rusas, ese entusiasmo fue cediendo en la mayoría de los casos. En el seno de los grupos obreros igual supuso una prueba de fuego. Para el PSOE supuso su escisión, y el nacimiento del Partido Comunista. Y para la CNT una desilusión, tras un primer momento en que pareció que en los confines de Europa se estaba llevando a cabo su revolución. 

Bibliografía

Almuiña, C. (1997). La imagen de la revolución rusa en España (1917). Investigaciones Históricas: Época Moderna y Contemporánea, 17, 207-218. https://dialnet.unirioja.es/servlet/articulo?codigo=66423

Avilés, J. (2000). El impacto de la revolución rusa en las organizaciones obreras españolas (1917-1923). Espacio Tiempo y Forma Serie V Historia Contemporánea, 0(13), 17-31. https://doi.org/10.5944/etfv.13.2000.3027

Avilés, J. (2000). El impacto de la Revolución Rusa en España, 1917-1922. En J. Tussel, J. Avilés & RM.Pardo (Eds), La política exterior de España en el siglo XX (pp 117-133). 

Llewellyn, J. y Thompson, S. (2 de febrero de 2015). La gran hambruna de 1921. Historia alfa. https://es.alphahistory.com/russianrevolution/great-famine-of-1921/

Sueiro, S. (2002). La descomposición del sistema, 1914-1923. En Historia política 1875-1939 (pp. 245-282). Istmo 

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