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A lo largo de la historia se ha ido perpetuando una errónea percepción de la Edad Media, pues se la retrató con un periodo oscuro, debido a su profunda vinculación con la muerte. Este hecho se reafirmó en la sociedad a través de plagas, guerras,  hambrunas propiciadas por las malas cosechas y las epidemias.. siendo la Peste Negra, iniciada en torno al 1348, la más conocida de ellas por su directa repercusión sobre la tasa de mortalidad de buena parte de Europa. 

La muerte será concebida como la gran protagonista del medievo pues esta determinará un papel fundamental en el desarrollo y entendimiento de esta nueva cultura forjada a través de la religiosidad, la espiritualidad y la guerra. 

Figura 1. La muerte y el ávaro, 
Museo de Arte de Washington, el Bosco, hacía 1494  Fuente.

Por su parte, la  filosofía será una herramienta fundamental para el pensamiento medieval, la cuál se verá impulsada por  la fuerte concepción de la muerte, que a su vez enlazaba de manera directa con la ferviente creencia basada en la concepción dual vinculada intrínsecamente  con la figura de Dios y lo divino

En este sentido, el mundo será concebido de manera dual: el celestial y el  terrenal, donde, en un primer término, el mundo conocido por todo mortal y creyente será administrado por el reino invisible, dirigido y encabezado por la figura de Dios. En contraposición del primer mundo, la tierra  será concebida como un prueba a superar, pues el hombre medieval sabía que debía prepararse en vida para su buena muerte, y con ella,  pasar al mundo celestial a través de la fe  y los siete sacramentos eclesiásticos.

A su vez, la muerte fue concebida  como una  mera desvinculación entre el  cuerpo y el  alma, pues el alma era entendida como el medio necesario para alcanzar una vida mejor, ya que al morir volvías a renacer en el mundo de lo divino; es decir, el mundo celestial.

Todo esto dará lugar a todo un cómputo de textos y fuentes vinculados de manera estrecha con este fenómeno biológico, siendo el más conocido lo que se conoce en latín como el «Ars Moriendi» que traducido, sería algo como «El arte del morir».

Esta reiterada situación impulsará el desarrollo de un rico programa iconográfico, cuyo lenguaje estará íntimamente reforzado por el rostro de la calavera como sinónimo de la defunción, siendo la causa y origen de la denominada  «Danza macabra». Este nuevo género artístico apareció aproximadamente a finales del medievo, entendido como una sátira de la vida efímera. Muchas de estas representaciones se vinculan directamente con las distintas convicciones de la sociedad del momento, pues establecía una clara distinción social y religiosa de todos los componentes representados en la propia escena. (González Zymla, 2019, Paredes Martín, 2014)

La danza macabra se establecerá en la sociedad  como un género artístico, pero también tendrá un alto valor literario. Su iconografía suele contar con una serie de elementos incluidos en su representación, los cuales hacen  que su lectura sea mucho más descifrable. Es por ello por lo que entendemos estas imágenes como una alegoría de la vida y de los propios placeres terrenales, los cuáles, con el paso del tiempo, desaparecen. (Pérez Gras, 2001)

En esta alegoría de la vida, podemos diferenciar a simple vista  dos grupos de personalidades. Por un lado,  tenemos la representación de un conjunto de vivos, los cuáles aparecen con cierta rigidez debido al rigor mortis, siendo acompañados por otro grupo de difuntos. Ambas naturalezas convergen en un solo baile cuyo ritmo lo marca el tiempo, siendo este el enemigo natural de la vida

Cada uno de estos grupos aparecen visiblemente diferenciados por sus ropajes y sus atributos correspondientes así como para el rey una corona, para el clérigo el hábito y para el noble la espada. Estos distintivos serán clave para su entendimiento pues permite al espectador diferenciar a cada uno de ellos. (González Zymla, 2014, Lacarra Ducay, 1999)

Esta representación no solo engloba el poder de cada individuo en la sociedad, sino también, el establecimiento de  una jerarquía con respecto a otros. A su vez, los personajes acceden al baile con conductas dispares , haciendo estrecha alusión a las  múltiples formas de afrontar la muerte que  tiene el ser humano. 

Esta fue una de las razones por las que este género fue entendido como una crítica espontánea de la propia sociedad, concibiendo a la muerte como igualadora de toda jerarquía, poder y estamento, y así poder discernir entre lo religioso y lo civil, entre los pobres y los ricos, entre el pueblo llano y la corte. Con ello, se quería explicar que la muerte era capaz de atrapar a cualquier persona indistintamente de su posición social. (Duarte García, 2013)

Conforme a lo dicho previamente, podemos establecer una serie de ejemplos vitales para la comprensión y el desarrollo de dicha iconografía. Una de las primeras representaciones de estas escenas macabras fueron las desarrolladas en los pórticos del cementerio de los Santos Inocentes, en París. Este cementerio tenía una dilatada capacidad ya que en su interior podía albergar  a más de un total de  20 parroquias parisinas y por tanto a un mayor número de huesos debido a su limitación en cuanto a superficie. 

Sus representaciones fueron fruto de los encargos encomendados por el duque de Berry, quien, tras la muerte de su sobrino, el duque de Orleans, decidió encomendar la labor artística hacía el año 1424. Muchas de estas representaciones se caracterizan por ir acompañadas por una serie de textos relacionados con la propia danza (González Zymla, 1995).

Figura 2. Detalle litográfico de Guyot Marchat, Cementerio de los Santos Inocentes de París, 1484. Fuente.

Con posterioridad, ya avanzado el siglo XVIII, el camposanto fue destruido, por lo que actualmente no se conserva nada de su memoria, aunque gracias a las labores litográficas de Guyot Marchant, guardamos algunas láminas de estas representaciones parietales.

Figura 3. La danza macabra, Iglesia de San Nicolás de Tallín, Bert Notke, 1469. Fuente

Por otro lado, cabría mencionar la célebre danza macabra, localizada en la iglesia de San Nicolás de Tallín, en Estonia. Fue realizada por el pintor alemán  Bert Notke, quién en 1463 pintó un total de 24 figuras danzantes pertenecientes a ambos mundos, donde los distintos personajes del estamento privilegiado de la sociedad aparecen ataviados con indumentarias de tonos rojizos y bordados dorados que danzan con una serie de esqueletos y carabelas vestidas con una única túnica blanca como mortaja. Estos personajes destacan sobre un fondo paisajístico detonante de la influencia italiana y el sentido colorista de la pintura flamenca. (González Zymla, 2014)

Figura 4. Detalle de la danza macabra de la iglesia de Hrastovlje. Fuente

La iconografía de la muerte se extendió por otras partes de Europa, siendo un claro ejemplo de este fenómeno la representación de la danza macabra de la Iglesia de Hrastovlje donde de nuevo aparecen toda una amalgama de personajes procedentes del mundo terrenal y  de ultratumba, encabezando a modo de séquito una encarnación de la viveza. La muerte es entendida como la igualadora social, y estableciendo un sentido banal del poder y la riqueza. (González Zymla, 2014).                                                                                                                           

Figura 5. La danza macabra del convento de San Francisco de Morella, Castellón. Fuente.

Por último, cabría mencionar un ejemplo español situado en Castellón. Concretamente estamos hablando del convento de San Francisco de Morella, uno de los mejores ejemplos conservados de la arquitectura gótica de la costa Mediterránea. En la sala capitular aparece una insólita representación de una danza macabra cuyos personajes pertenecientes al clero y a la nobleza, danzan en torno a un féretro abierto, el cuál deja ver el cadáver de un difunto, haciendo de este un agente pasivo en la acción que se realiza y por tanto, pasando a un segundo lugar. 

Para la elaboración de este artículo me he basado en un número total de fuentes y documentos históricos que me han permitido un amplio desarrollo en el ámbito de la investigación. Con este proyecto he querido acercarme de manera estrecha a un rango temporal que, desgraciadamente fue señalado socialmente y sobre todo en su disciplina, pues pasó a conocerse como el periodo oscuro de la historia. 

Es por ello por lo que me vi en la obligación de desmentir en cierto sentido este hito que tanto ha marcado y dañado el nombre de lo medieval ya que, toda causa tiene su consecuencia y es por eso por lo que hoy me encuentro aquí. El periodo de la Edad Media, tal y como comenté al principio de este artículo, se vió comprendido por una serie de acontecimientos que marcaron intrínsecamente la personalidad del hombre medieval, el cuál se vió obligado a refugiarse en la fe y su religiosidad. 

Los acontecimientos que marcaron a esta sociedad a lo largo de unos 1000 años dieron los primeros pasos hacía un arte caracterizado por la repercusión de la muerte en la sociedad y en su día a día, por lo que la muerte era una amiga, cercana, discreta y fulminante. 

Así quedó reflejado en los múltiples manuscritos medievales, los pórticos de las iglesias, cementerios y catedrales, y en la celebración de las festividades.

Bibliografía

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González Zymla, H. (2014). Los códigos indumentarios como signo de identidad social estamental en la iconografía de la danza macabra. Universidad de Valencia.

Lacarra Ducay, M.C. (coord.) (2008). Arte y vida cotidiana en la época medieval. Institución «Fernando el Católico».   

Paredes Martín, J. (2014). La convivencia de los vivos y de los muertos: origen y desarrollo. Ediciones Alfar.

Pérez Gras, M.L. (2001). Las danzas de la muerte. Ediciones Istmo. 

Valcárcel, M.C. (1998). El origen de la danza de la muerte: Observaciones en torno a sus aspectos iconográficos. Universidad de León.

Es sabido como Pedro I de Castilla, llamado el Cruel o el Justo, pierde la vida y el trono en el duelo de Montiel (1369) a manos de su hermano Enrique II, fundador de la casa Trastámara. Sin embargo, el linaje del rey difunto es continuado por su hija Constanza, que desde Inglaterra reclamará su posición como legítima reina de Castilla.

Poco se ha escrito sobre esta pretendiente al trono castellano desde la historiografía medieval. Ante la carencia de monografías sobre su persona, es obligado acudir a menciones en biografías de quienes sí han sido objeto de estudios exhaustivos, como su padre, Pedro I (Díaz Martín, 1995), su esposo, Juan de Gante (Goodman, 1992) y más recientemente su hija, Catalina de Lancaster (Echevarría Arsuaga, 2002; Carceller Cerviño y Villarroel González, 2021).

Constanza nace en 1354. Es la segunda de los cuatro vástagos de Pedro I y su amante María de Padilla, por lo que se la considera una hija ilegítima. En estos momentos, Pedro I está casado con Blanca de Borbón, que permanece cautiva y será asesinada por orden de su marido en 1361. Ese mismo año, María de Padilla muere a causa de una enfermedad.

María de Padilla, Blanca de Borbón y Constanza con su marido (Cartagena, c. 1530: 37r). Imagen procedente de la Biblioteca Nacional.

En las Cortes de Sevilla de 1362 Pedro I hace una declaración sorprendente: Su matrimonio con Blanca de Borbón siempre fue nulo, pues antes se había casado en secreto con María de Padilla. Una declaración conveniente y con una pobre defensa. Se da por válido el matrimonio secreto, y el hermano menor de Constanza, Alfonso (n. 1359) es declarado heredero. Por desgracia, el infante muere ese mismo año.

Pedro I considera heredera a su hija Beatriz, cuyo destino es incierto. Unos apuntan a que tomará los votos eclesiásticos (Cahill Marrón, 2014: 420; Segura Graíño, 1989: 207), mientras que otros afirman que morirá (Echevarría Arsuaga, 2002: 27). En cualquier caso, el rey prevé que su hija pueda fallecer sin descendencia y en el Ayuntamiento de Bubierca de 1363 hace jurar a sus hermanas Constanza e Isabel como las siguientes en la línea de sucesión (Francisco Olmos, 2012: 231-233).

Constanza y Juan de Gante (Holanda, c. 1530: 12531, 10r)

La muerte de Pedro sorprende a Constanza en los territorios franceses de Eduardo III de Inglaterra. En busca de protección, Constanza se casa con el príncipe Juan de Gante, duque de Lancaster, en 1371. Un año después es recibida en las puertas de Londres por el príncipe de Gales y los magnates de la ciudad, quienes la tratan como reina.

Tras este reconocimiento, Juan de Gante incluye las armas castellanas en su heráldica, poniéndolas por delante de las inglesas (Francisco Olmos, 2019: 174-185). El duque de Lancaster entiende el reinado femenino del mismo modo que se hace en Navarra, donde la mujer tiene derecho a heredar, pero es su marido quien realmente gobierna. En consecuencia, empieza a actuar como si él fuera el legítimo pretendiente a la Corona de Castilla.

Escudo de Juan de Gante (Francisco Olmos, 2019: 178)

Esto no evitará que Constanza tenga amplios poderes, pero siempre como consejera o por delegación de su marido. En torno a ella se formará una pequeña corte de castellanos exiliados (llamados «emperigilados» por los Trastámara), muchos de los cuales tendrán una labor diplomática representando a los duques en diversos territorios. Sin embargo, la mayor parte de los petristas que permanecen en la península no apoyan los derechos de Constanza en un primer momento, prefiriendo como rey a Fernando I de Portugal.

Tras la derrota de Fernando en la Primera Guerra Fernandina (1369-1370), este reconoce los derechos de las hijas de Pedro I. Se produce una alianza anglolusitana que llevará a Juan de Gante a intentar entrar en Castilla durante la Segunda Guerra Fernandina (1372-1373), y a su hermano Edmundo a participar en la Tercera (1380-1382).

Parentesco de Constanza de Castilla con los reyes de Portugal

Con la muerte de Fernando I, se abre una nueva oportunidad para Constanza. La heredera de Portugal y reina consorte de Castilla, Beatriz, es derrocada por su tío bastardo, João (Juan) de Avís, que carece de legitimidad. Por su parte, Constanza tiene derechos de peso al trono portugués a través de su padre. Por ello, João propone una alianza con la que reconoce a los Lancaster como reyes de Castilla a cambio de sus derechos sobre Portugal.

Con el apoyo Inglaterra y Portugal, Constanza y Juan desembarcan en La Coruña el 25 de julio de 1386. Los acompaña su única hija en común, Catalina. Juan I de Castilla, hijo de Enrique II, intenta evitar el conflicto y deja abierta la posibilidad de que Catalina se case con su heredero. Constanza y Juan hacen un viaje por Galicia, donde pasan el invierno. Posteriormente se trasladan a Portugal, para formalizar la alianza con el rey João y cederle a sus derechos sobre el trono lusitano (Olivera Serrano, 2005: 99-103).

Tanto en Galicia como en Portugal, se acuñan reales de plata castellanos a favor de los Lancaster. Es usual que en estas monedas aparezca la inicial coronada del monarca. Sin embargo, no es una «C» de Constanza lo que aparece en la moneda, sino la «IL» de Juan de Lancaster (en latín, Iohannes Lancastriae), una muestra más de cómo éste cree que le corresponde gobernar a él, y no a su mujer.

Real de Juan de Lancaster (Aureo & Calicó, subasta 258, lote 87, 20 de marzo de 2014)

La única posible referencia a la moneda estaría en la leyenda, repetida en anverso y reverso: DEUS IVDICIUM TUUM REGID AET IUSTICIAM TUAM FILIE REGIS. Siguiendo la moda de la época, esta frase proviene del Libro de los Salmos, concretamente es el versículo 1 del salmo 2: «Oh Dios, da tus juicios al rey y la justicia al hijo del rey», con la diferencia de que la palabra «hijo» está en femenino. Lo más probable es que sea una referencia a Constanza, hija del difunto rey Pedro, y el deseo de Juan de reinstaurarla en el trono para gobernar por ella.

Tras casi veinte años de preparación, el conflicto de los Lancaster no tiene un largo recorrido. Tras perder a un gran número de tropas, Juan y Constanza se ven obligados a aceptar la oferta de Juan I, y comprometer a sus respectivos herederos (Francisco Olmos, 2012: 247-251). Pese a recibir una generosa indemnización por la renuncia de sus derechos, Constanza no recibirá permiso para entrar en Castilla hasta después de la boda de Enrique y Catalina (1388).

Más adelante, la duquesa de Lancaster se reunirá con Juan I en Medina del Campo, donde le regalará a su primo la corona que había usado Juan de Gante como rey. Con este acto simbólico, termina su reclamación al trono, aunque Constanza seguirá intitulándose primogénita de Castilla e hija del rey Pedro, para disgusto de los Trastámara.

Catalina de Lancaster y Enrique III de Castilla (Cartagena, c. 1530: 37r). Imagen procedente de la Biblioteca Nacional.

Constanza, la hija de rey que no pudo gobernar ni defender su causa por sí misma, vivirá para ver a su hija Catalina como reina consorte de Castilla. Pese a sus pretensiones fallidas, será antepasada de todos los reyes de Castilla, y después de España. La duquesa de Lancaster muere el 24 o el 25 marzo de 1394 en Leicester, muy lejos de las tierras sobre las que quería gobernar. Sus exequias se pospondrán hasta el 5 de julio debido a la ausencia de su esposo, que decide enterrarla en la Colegiata de Newarke, que será destruida en 1545 en el contexto de la Reforma protestante de Enrique VIII.

BIBLIOGRAFÍA

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En la anterior parte de este artículo, analizamos el valor propagandístico de la moneda, y el uso que le daban los gobernantes. Nos centramos en el caso del Primer Interregno portugués, donde se cuestiona el derecho al trono portugués de Beatriz, hija del rey Fernando I de Portugal y segunda esposa de Juan I de Castilla. Su principal rival es el medio hermano de su padre, Juan de Castro, que es apresado por los castellanos. Mientras tanto, Portugal es regido por la madre de Beatriz, la reina viuda Leonor, carente de apoyo popular dentro de Portugal, y por tanto necesitada de las fuerzas de su yerno.

Es entonces cuando entra en juego otro tío de Beatriz, João, maestre de Avís, hijo ilegítimo de Pedro I de Portugal y Teresa Lourenço. Dos meses después de la muerte del rey Fernando, el maestre entra en Lisboa y asesina al amante de Leonor. Esto inicia un motín popular con numerosas víctimas, incluido el obispo de la ciudad. La reina Leonor se marcha de la ciudad, y João queda al mando. Técnicamente, Beatriz aún mantiene su posición de reina, aunque por poco tiempo.

Ilustración de la entrevista de Juan I y Beatriz con Leonor (Pinheiro Chagas 1899, 577)

Al mismo tiempo, Juan I de Castilla rompe los acuerdos y decide entrar en Portugal junto a su esposa para ejercer como rey en nombre de ambos. Se reúne con su suegra Leonor en Santarém y decide exiliarla a Tordesillas. El rey de Castilla se niega a que haya un regente en Portugal al que no controle, lo que deriva en el enfrentamiento con el maestre de Avís. Este se proclama como defensor y regidor de Portugal en nombre de Juan de Castro, considerado legítimo heredero. Seguramente no tenga intención de ceder el poder a su medio hermano y solo esté haciendo tiempo mientras construye su camino al trono. De hecho, Juan sigue siendo tratado como infante, pues no se le reconocerá la sucesión hasta que deje de ser cautivo de Castilla. Por tanto, los contrarios a Beatriz consideran que el trono permanece vacante, de ahí la palabra Interregno.

João también decide hacer una nueva moneda para informar al pueblo del cambio de gobierno. En realidad, dos, pues hace piezas muy similares con valor de real y de medio real (Gomes 2003, 105). Sin embargo, no hace la moneda a nombre de su sobrina, ni de su medio hermano. Esto puede ser una pista de que no aspiraba a guardar el asiento a otro familiar.

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Real del João (Portuscalle Numismática, subasta 3, lote 18, 15 de mayo de 2022)

La primera diferencia es el tipo del anverso. Mientras que la moneda de Beatriz utilizaba su retrato, João introduce una abreviatura de su nombre IHAS (del latín Iohannes). Es una práctica común el uso de iniciales o abreviaturas para representar al emisor de la moneda. Estas letras suelen estar coronadas, pero João no es rey, y no tiene derecho a usar esa distinción. En su lugar, coloca la Cruz de Avís, en referencia a la orden militar a la que pertenece.

También dispone de leyenda en doble orla (en el real, siendo una orla simple en la mitad). Al igual que la anterior, es una leyenda religiosa (Salmos 123, versículo 8): ADIVTIRUM NOSTRVM QUI FECIT CELVM ET TERAM. Se puede traducir como «nuestra ayuda es el Señor, que hizo el cielo y la tierra». Una vez más, se recurre a la legitimidad a través de Dios.

En el reverso, aparecen las quinas portuguesas sin escudo. La leyenda recoge los títulos de João como regidor y defensor de Portugal y los Algarves: IHNS DG R D REGNORVM PO ALGA.

Como se ha mencionado al inicio, el derecho a acuñar moneda siempre queda a disposición de la máxima autoridad política. Nada de lo que aparece en la moneda es accidental, pues siempre se ha sabido el poder propagandístico de la misma. João está iniciando un rápido ascenso de prestigio.

Frente a él ya no está el bando de Beatriz, sino el del rey de Castilla. Ya fuera por deseo o por incapacidad, no se vuelve a acuñar moneda a nombre de Beatriz, ni en Portugal, ni en Castilla. Al contrario, Juan I emitirá una serie de blancas con el título de rey de León y Portugal (Orol Pernas 1974: 65-72). Esta pieza no tiene la misma trascendencia que la de su mujer o las de su rival. Los tipos son los clásicos de Castilla, un león y un castillo, y la referencia a la pretensión se limita al título.

Signo rodado facsímil de Juan I (Fernández de Córdova Miralles, 235)

El uso del título de rey de Portugal será más habitual en los documentos y los sellos. En ellos, Juan asumirá la heráldica portuguesa, pero en un partido donde queda relegada a izquierda, lo cual es más humillante que de hacerlo un cuartelado, como Beatriz (Fernández de Córdova Miralles 2013, 232-235; Francisco Olmos y Novoa Portela 2008, 92-93).

Juan tiene una concepción del poder femenino similar a la navarra, donde una mujer puede heredar, pero es su marido el que ejerce el papel de rey. Durante el resto de sus días, defenderá la campaña portuguesa como propia, llegando a plantearse abdicar la corona de Castilla para centrarse en ella, e intentar ser más aceptado en el reino vecino. 

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Real del João I (Portuscalle Numismática, subasta 3, lote 22, 15 de mayo de 2022)

El 14 de agosto de 1385, João consigue una victoria decisiva en la batalla de Aljubarrota, y poco después se proclama rey de Portugal con apoyo popular en las Cortes de Coímbra. Este cambio se aprecia en su moneda, donde la Cruz de Avís es sustituida por la corona real.

Por si fuera poco, llama a los principales adversarios de los Trastámara, los duques de Lancaster. El rey de Castilla no tiene fuerzas para una segunda guerra, por lo que firma la tregua con Portugal, y promete a su hijo Enrique con la heredera de los Lancaster, Catalina. Para este tiempo, la medio hermana de Catalina, Felipa, se ha casado con João.

Beatriz, que ya ha pasado a un segundo plano, se ve más opacada tras enviudar en 1390. Al no ser madre del nuevo rey, no se la tendrá en cuenta para las grandes decisiones de la regencia. En los años posteriores, la reina Catalina de Lancaster mantendrá buenas relaciones con su cuñado João. Esto dificulta el reclamo de Beatriz, que se mantiene políticamente activa hasta su muerte en torno a 1420.

Las monedas del Periodo de Interregno cuentan la historia de una reina legítima, manejada por una madre y un esposo demasiados ambiciosos, y la de un pariente ilegítimo, que aprovecha su oportunidad para instaurar una nueva dinastía. Sus piezas son el mejor ejemplo del uso que se da a estas como medio de difusión política. Las monedas son imágenes instantáneas, que cuentan lo que está ocurriendo en ese mismo momento. Son el rastro de una breve pero intensa campaña propagandística, dentro de un conflicto armado. Beatriz se representa como reina mediante el uso de su corona y es respaldada por el poder castellano, representado en su heráldica. Mientras tanto, João aparecerá con los elementos propios del maestre de Avís y defensor de Portugal, pero no podrá usar los atributos regios hasta 1385. 

BIBLIOGRAFÍA

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Francisco Olmos, J. M. de y Novoa Portela, F. (2008): Historia y evolución del sello de plomo. La colección sifilográfica del Museo Cerralbo. Madrid: Real Academia Matritense de Heráldica y Genealogía.

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Orol Pernas, A. (1974): “Acuñación de Juan I de Castilla como rey de Portugal”. Nummus 33, 65-72.

La moneda es algo más que una pieza de curso legal. También es un objeto propagandístico utilizado por la mayor parte de poderes políticos desde hace siglos. Representa el prestigio de la máxima autoridad, y difunde el mensaje que esta quiera dar al mundo (Francisco Olmos 2021, 211-278).

Hoy en día no entenderíamos que en una moneda no apareciera el rostro del monarca, o algún otro símbolo nacional en el caso de las repúblicas, y en el siglo XIV tampoco. Por ello, cuando el rey Fernando I de Portugal fallece en 1383, se acuña una única moneda en nombre de su heredera, Beatriz. Esta moneda esconde tras de sí la historia de una lucha por el poder, que pasará a la historia de Portugal como el Primer Interregno.

La figura de Beatriz es relativamente desconocida. La historiografía ha pasado de largo, tratándola como una actriz secundaria de la pugna entre Castilla y Portugal. Recientemente, César Olivera ha arrojado luz sobre la vida y las implicaciones políticas de la reina Beatriz (Olivera Serrano 2005). Su obra ha sido una base fundamental para entenderla a ella y al conflicto que trajo la sucesión de su padre. 

¿Cómo se llega a esta situación? Hemos de retrotraernos años atrás, a 1369. Pedro I de Castilla muere a manos de su hermano ilegítimo, Enrique II. Este evento supone el fin de la rama legítima de los reyes de Castilla, suplantados por una rama bastarda, en adelante los Trastámara. Sin embargo, el derecho al trono de estos últimos es cuestionado por la hija del rey difunto, la duquesa de Lancaster, y por el rey Fernando I de Portugal.

Este es el origen de las llamadas Guerras Fernandinas, un conflicto con distintas fases en las que los Trastámara siempre se imponen sobre el vecino portugués. Estas derrotas tienen como protagonista a la única hija del rey, Beatriz, que va cambiando de prometido con cada nuevo tratado de paz. Finalmente, queda prometida con:

  • 1373-1380: Fadrique, duque de Benavente e hijo ilegítimo de Enrique II. Los reyes de Portugal llegarán a recibir dispensa para este matrimonio (Archivo General de Simancas, PTR,LEG,47,5). 
  • 1380: Enrique, hijo mayor de Juan I de Castilla, a su vez hijo y sucesor de Enrique II. 
  • 1380-1382: Eduardo de Norwich, sobrino de los duques de Lancaster, aliados de Portugal durante la Tercera Guerra Fernandina.
  • 1382: Fernando, hijo menor de Juan I de Castilla y futuro Fernando I de Aragón. Esta propuesta matrimonial pone fin a la Tercera Guerra Fernandina. 

Este último compromiso parece ser el definitivo, pero se trunca cuando la reina de Castilla muere en 1382. La madre de Beatriz, Leonor Téllez de Meneses, orquesta un nuevo proyecto matrimonial, y cambia al infante Fernando por su padre recién enviudado, el rey Juan I.

Este acuerdo matrimonial era especialmente ventajoso para Leonor. Según las capitulaciones matrimoniales, Beatriz mantiene su posición como heredera de su padre a falta de hijo varón, pero se le impide ejercer como reina en Portugal. En su lugar, la reina Leonor gobernará como regente hasta que el primogénito de Beatriz cumpla catorce años. El acuerdo insiste en que las atribuciones regias corresponderán a la esposa del rey, y no a su hija y su yerno, incluido el derecho de monedaje (Torre do Tombo, Gavetas, Gav. 17, mç. 6, n.º 10).

Ahora bien, Beatriz es muy joven. Tal es así que Pedro Luna, legado pontificio y futuro «Papa Luna», debe dictar una sentencia obligando a Beatriz a consumar su matrimonio con trece años, cuando la mayoría de edad se alcanzaba con catorce (Archivo General de Simancas, PTR,LEG,47,18). Si el plan de su madre tuviera éxito, podrían pasar varios años hasta que su hija diera a luz a un hijo, y otros catorce hasta que este pudiera gobernar. En todo ese tiempo, Leonor podría retener el poder en Portugal, aunque ya sabemos que no será así.

Fernando fallece en 1383, poco después de la boda de Beatriz. Inmediatamente, Leonor hace valer lo pactado y proclama reina a su hija, y a sí misma regente. En estas circunstancias, ordena hacer reales de plata en Santarém, ciudad controlada por la reina viuda.

Real de la reina Beatriz (Jesús Vico, subasta 158, lote 727, 14 de abril de 2022)

En el anverso de la moneda se puede apreciar el busto coronado de la reina, mirando a izquierda. La leyenda, dispuesta a doble orla, dice: DOMINVS MICHI AIVTOR ET EGO DISPICIAM INMICVS DOMINVS MIC (Gomes 2003, 104). Se trata de una referencia bíblica (Salmos 117, versículo 7), y se puede traducir como «El Señor me ayuda, y voy a mirar desde arriba a mis enemigos».

Esta frase ya fue utilizada por Pedro I de Castilla durante su enfrentamiento con su hermano Enrique (Francisco Olmos 2003, 305-307). Es común usar una leyenda religiosa en las monedas de plata, especialmente del Libro de los Salmos. Sin embargo, que tanto Pedro I como la madre de Beatriz eligieran precisamente ésta no es casualidad. En ambos casos, la moneda se hace cuando no todos aceptan la autoridad del monarca y este acude a su derecho divino para legitimarse a sí mismo.

En el reverso se coloca un cuartelado heráldico con las armas de Castilla (1 y 3) y Portugal (2 y 4). Esto va en contra de lo acordado por Fernando I, que no quiso que se incluyeran elementos castellanos en la moneda que hiciera su esposa. La leyenda hace referencia a la monarca: BEATRICIS DEI G REGINA CASTELE ET PO. Se mantiene en primer lugar su posición como esposa, primando el título y las armas de Castilla. Su posición como reina propietaria de Portugal queda relegada a un segundo plano. Esta misma heráldica podemos apreciarla en el sello pendiente que usa Beatriz como reina consorte de Castilla (Guglieri Navarro 1974, 276-277).

Dibujo de sello pendiente de Beatriz, por Miguel Couso Martínez

Como una soberana joven, sin poder y casada con un extranjero, Beatriz se encuentra en una posición complicada. A esto se suma que no es la única que se postula al trono. Antes de Fernando I, todos los reyes de Portugal han tenido un hijo varón, y algunos no entienden por qué ha de ascender una mujer al trono. Como alternativa, se postula su tío Juan de Castro, hijo legitimado de Pedro I de Portugal e Inés de Castro, tratado como bastardo por su medio hermano Fernando. Muerto el rey portugués, Juan de Castro es encerrado por Juan I de Castilla. El confinamiento del pretendiente no terminará con el clima hostil en Portugal.

Mediante esta moneda, la regente intenta recordar que el trono pertenece a su hija. Con su acuñación y puesta en circulación, se está informando al pueblo portugués que hay una nueva soberana. Siguiendo los deseos de Fernando I, esta aparece en la moneda sin su marido, demostrando que Portugal sigue siendo independiente.

Queda por responder por qué aparecen las armas y el título de Castilla, si las capitulaciones lo prohíben y se quiere señalar la independencia de Portugal. El miedo a una anexión con Castilla existe, pero también el miedo a las fuerzas de los Trastámara. Leonor Téllez de Meneses llega al poder como una gobernante muy impopular, y con mucha gente cuestionando el derecho de su hija. Su principal baza es la alianza con su yerno, aunque este no estará por la labor de dejarla gobernar. Con la llegada del rey de Castilla, y un rival inesperado dentro de Portugal, la reina Leonor saldrá de la partida de forma forzosa, pero eso lo veremos en la segunda parte.

Bibliografía

Gomes, A. (2003): Moedas portuguesas e do territorio que hoje é Portugal. Lisboa: Asociación Numismática de Portugal.

Guglieri Navarro, A. (1974): Catálogo de sellos de la Sección de Sigilografía del Archivo Histórico Nacional vol. 1. Madrid: Ministerio de Educación y Ciencia.

Francisco Olmos, J. M. de (2003): La moneda en la Castilla bajomedieval. Medio de propaganda e instrumento económico. En J. C. Galende Díaz (coord.), II Jornadas Científica sobre Documentación de la Corona de Castilla (siglos XIII-XV) (277-246). Madrid: UCM.

Francisco Olmos, J. M. de (2022): Las dos caras de la moneda: medio de intercambio económico y medio de propaganda política y religiosa. En M. E. Martín López y J.
M. de Francisco Olmos (dirs.), La comunicación social en la Europa medieval (211-278). Madrid: Dykinson. 

Olivera Serrano, C. (2005): Beatriz de Portugal. La pugna dinástica Avís-Trastámara. Santiago de Compostela: CSIC e Instituto de Estudios Gallegos “Padre Sarmiento”.

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